Monseñor Julio Parrilla

El sentido del límite

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La Segunda Guerra Mundial, impulsada por el fascismo, el nazismo, el comunismo stalinista y todas las anacondas del momento dejó en evidencia hasta qué punto la humanidad sueña y juega (¡qué pesadilla, Dios mío!) a carecer de límites. Hay momentos así en la vida del hombre, siempre dispuesto a dar culto a la destrucción. El sueño totalitario es siempre el de la dominación absoluta. Y eso quieren los partidos totalitarios tanto como los democráticos. No hay político que no sueñe con mayorías absolutas y unanimidades. Por eso es tan importante establecer controles (judiciales, fiscalizadores, de observación ciudadana) que hagan que los gobiernos, cualquiera que sea su color, no se conviertan en poderes ilimitados. Ahora que está en el candelero lo del dinero electrónico, me pregunto si no será también una manera de controlar nuestros dineros, en qué gastamos e invertimos…

Nuestro pequeño mundo ecuatoriano es incomparable en cuanto al control que ejercen los países desarrollados, que han hecho de la tecnología un tema de culto, especialmente al servicio del poder. Es curioso que, siendo tan sensibles a las invasiones de nuestra privacidad, vivamos indiferentes ante una mentalidad que todo lo invade y manipula.

No sólo en la vida social y política, sino también en la vida personal tendemos a vivir de forma ilimitada. Queremos tener todo controlado y no nos damos cuenta de que, poco a poco, vamos ahogando y renunciando a experiencias fundamentales capaces de humanizar nuestra vida. Queremos ejercer tal control sobre las emociones, las relaciones, la autonomía, que más que personas capaces de amar y de sorprendernos ante el misterio de la vida o de la fe, nos hemos convertido en gestores que intentan programar y controlar todo.

Triste sería que, en medio de las inmensas posibilidades de vivir mejor, de forma humana, participativa, dialogal y corresponsable, nos fuéramos convirtiendo en consumidores ilimitados al servicio de nuestra codicia.

Tener sentido del propio límite y administrarlo bien, saber que no debemos invadir ni países ni vidas ajenas, que el misterio de Dios y del hombre nos abre a mundos insondables de pensamiento, de esperanza y de organización humana de la vida (también política), nos llevará a vivir mejor, a superar esa creencia globalizada que se expande a nuestro alrededor de forma inmisericorde: si todo es posible, convirtámoslo en bueno, hagamos uso de todo sin límite, aunque lo que esté en juego sea la justicia y la libertad.

Me paso la vida diciendo a los jóvenes con los que yo comparto algún tramo del camino que no se dejen embaucar por esta cultura dominante que, a través del consumo y de un falso concepto de excelencia, vacía su corazón de compasión y de esperanza. Y, sin embargo, son estas cosas las que nos permitirán vivir en democracia.