Marco Arauz

¿Quién nos quitó la alegría?

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En un libreto que cualquier asesor consideraría obsoleto ante la crisis, el presidente Rafael Correa no se cansa de repetir que los ataques de la oposición -dispersa, desorganizada, hay que decirlo- buscan robarle a la llamada revolución ciudadana la esperanza, la alegría. E insiste en que la mejor protección para la época de vacas flacas ha sido la inversión en obra pública, como hospitales, escuelas, vías, aeropuertos.

Más allá de que algunos aeropuertos son elefantes blancos y de que en el catálogo vial de la revolución faltará la autopista Guayaquil-Quito, sobre todo después de la decisión a rajatabla de concesionar la construcción del puerto de aguas profundas de Posorja, el argumento de que todas las inversiones hechas son buenas tiene demasiados matices como para reducirlo a una frase propagandística.

Visto en el largo plazo, no tiene mayor sentido haber puesto sobre las espaldas del Estado el financiamiento total de megaproyectos que pueden terminar vendiéndose por la crisis: se sabía que era mejor buscar socios para emprendimientos en los cuales el Estado mantuviera la mayoría accionarial. Tampoco está claro por qué se emprendió con tanta prisa en proyectos cuya falta de estudios disparó, como era obvio, los costos.

Un ex alto funcionario de planificación sostenía hace poco que el porcentaje de pérdida generado por estas fallas en los cálculos era ‘manejable’, pero no se atrevía a mencionar la cifra. Debe resultar difícil hacerlo cuando uno habla, por ejemplo, del proyecto del Aromo, con una multimillonaria inversión para mover tierras y construir un acueducto, o de la vía a Collas. O de fiascos como la planta de gas de Bajo Alto.

El mejor de los mundos es una inversión indispensable contratada a precio justo; el peor, una inversión innecesaria a precio inconveniente. Con seguridad algún día podremos pasar por ese tamiz la obra del Gobierno. Por ahora dependemos de las supuestas rendiciones de cuentas semanales y de los dictados propagandísticos, como aquel que dice que con la rehabilitación de la refinería de Esmeraldas ganamos todos.

¿Eso alcanza para evitar explicaciones sobre los actos de un ex funcionario de esa refinería y de Petroecuador encarcelado y olvidado, o para justificar una ‘off-shore’ no declarada entre los bienes de otro funcionario? Parece que no, aunque quizás es ingenuo pensar que, en este mundo globalizado e informatizado, el único modo de que nadie se entere de una mala acción es no cometerla.

Si al ver el presente y el pasado se sienten alegres y esperanzados, eso está bien. Pero, para su tristeza, otros pensamos que el país fue innecesariamente polarizado, que varias libertades fueron atenazadas, que el modelo de un Estado gastador y subsidiador no era viable, que sin consensos no habría largo plazo. Por algo será que unos y otros estamos ‘un poquito cansados’. ¿Quién le quitó la alegríaa quién?

marauz@elcomercio.org