Manuel Terán

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Si el año 2015 fue el del frenazo económico, el actual no luce nada alentador. Pero en todo este laberinto al que hemos sido conducidos salta aún más la preocupación sobre el destino del país, porque las personas llamadas a plantear un rumbo y establecer las directrices necesarias para salir del problema en vez de transmitir tranquilidad, con sus hechos y declaraciones ponen en evidencia que su intención no es apartarse un milímetro de lo que han venido haciendo durante nueve años que hubieron recursos. Peor aún, en un año electoral parece que su visión está más enfocada a sus intereses personales o de grupo, sin que se atisbe que dada la delicada situación por la que atravesamos exista la disposición de realizar los correctivos inmediatos.

Todo indica que, de una manera u otra, intentan capear el temporal sin lesionar su capital político, pero aquello difícilmente podrá lograrse si la inercia de los sucesos continúa su deterioro como ha venido ocurriendo. Ante la falta de dinero, buscan desesperadamente mecanismos que les permitan de alguna manera recortar gastos. Frente a la imposibilidad de obtener los recursos esperados del exterior, pretenden financiarse a través de aplazar los pagos a sus proveedores locales, extendiendo como una onda explosiva los efectos de la crisis a los proveedores de esos contratistas. Todas estas medidas lo único que logran es ahondar las dificultades, pues mientras más se demoren en adoptar una solución de fondo, el problema se aplaza para detonar en algún momento con mayor fuerza.

Quizás ese sea el cálculo político. Como ha sucedido en otras ocasiones y en otros países del continente, los populistas se encargan de gastar alegremente, aún lo inexistente, para dejar activada una situación que indefectiblemente tiene que ser corregida por cualesquiera que les sucedan en la administración gubernamental. Así, la cuenta de los excesos la deben pagar personas distintas a las que generaron los problemas. El ciclo se repite una y otra vez, para quedar entrampados en una lógica perversa que nos condena a la pobreza.

El cúmulo de leyes que se anuncian se tratarán para el último año y meses de gestión, abunda en brindar elementos que conducen a la certeza que persistirán en intentar consolidar un modelo inviable. Las parábolas de sus discursos no hacen sino confirmar que no pueden salir de un esquema que ha conducido al país a un punto en el que cualquier solución provocará rechazo en una sociedad acostumbrada a la abundancia ficticia.

Luego del anuncio de un nuevo amanecer, la realidad nos devuelve a una situación compleja; y, el saldo luego del período más largo en que un gobierno de un solo signo político ha durado en el poder, no es nada esperanzador. Muchos que creyeron y apoyaron un proyecto que, cualquier persona medianamente informada, desde su inicio sabía que iba a terminar en una forma diferente a la de los cuentos de final feliz, se sentirán decepcionados. Al menos que la experiencia sirva para evitar repetir el error.