Juan Valdano

Los ‘dueños’ de la República

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Personaje recurrente en las novelas de Jorge Icaza es el latifundista, aquel todopoderoso dueño de vidas y haciendas y a quien los peones indios lo llaman “patrón grande su mercé”. Trasunto del encomendero, encarna todos los rasgos del déspota colonial y figura el paradigma del dictador latinoamericano que cíclicamente surge en la historia de nuestras repúblicas.

Han transcurrido casi dos siglos de vida republicana y el Ecuador ha debido soportar, cada cierto tiempo, regímenes autoritarios. El perfil del autócrata latinoamericano estuvo ya presente en la imagen del “libertador” de estas tierras. El dictador surgió al inicio de la República como un mal necesario para poner orden en medio del caos que sobrevino luego de la independencia. De entonces para acá cuántas utopías de progreso hemos visto fracasar, cuántos caudillos ambiciosos se sirvieron del poder para engordar sus bolsillos, cuántos gobernaron desde una idea fanática coartando las libertades individuales, cuántos “patrones-grandes” administraron autoritariamente este país como si fuese su propia hacienda. Para la posteridad permanecerá la galería de nuestros tiranos. Con sus luces y sombras, cada uno recibirá el severo juicio de la historia.

El caudillismo es una manifestación propia del autoritarismo latinoamericano. En el siglo XIX proliferaron las pugnas entre bandos capitaneados por caudillos. Tiranos los hemos tenido de todos los estilos: unos fueron ilustrados y otros semibárbaros. Sin embargo, las diferencias se borraban en el momento que subían al poder. Lo que les define, lo que les acerca no son tanto las ideas que sostienen, es la pasión por el mando, su visión omnímoda de la autoridad. En petulancia, boato y egolatría nuestros tiranos rivalizaron con el monarca más soplado. En Paraguay, el Doctor Francia se hacía llamar “El Supremo”; “Su Alteza Serenísima” era el título que se daba el mexicano López de Santa Ana. Ambos gobernaron por décadas gracias a la manipulación de las leyes. (Arcaica ratería de la libertad del pueblo reivindicada hoy por el correísmo).

Nada hay nuevo bajo el sol: todas las mañas del caudillismo decimonónico persisten todavía en nuestras repúblicas. La “Ley mordaza” impuesta en 1877 por Porfirio Díaz la resucitó Rafael Correa; la reelección indefinida del presidente de la República la instauró el dictador Rafael Carrera en 1851 en Guatemala. De igual manera, Perón en Argentina y Trujillo en República Dominicana se hicieron reelegir indefinidamente. Acá, en Ecuador, los áulicos de Correa defienden la reelección indefinida como gran “logro democrático” (¿cinismo o estulticia?) Si este es el verdadero sentido de la llamada “revolución ciudadana”, entonces deberíamos verla como lo que es: un fósil ahistórico, un proyecto que pretende llevar al Ecuador a etapas superadas de nuestra vida política.