Bernardo Acosta

El dueño de la verdad

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22 de January de 2013 00:01

Para alguien que vive en el Ecuador, escuchar la entrevista que Oprah Winfrey le hizo a Lance Armstrong es como transportarse a un futuro hipotético. A lo largo del diálogo se ve a un señor, que en su momento fue sumamente poderoso e influyente, admitir sus engaños y contar cómo los tapó. Es la confesión de una de esas personas para las cuales el fin justifica cualquier medio.

Armstrong cuenta que durante casi dos décadas no sólo negó sistemáticamente que se dopaba, sino que destruyó la vida de quienes osaron decir la verdad. Para tratar de mantener su imagen casi épica, atacó –a través de insultos o juicios– a cualquier persona que dijera o insinuara que él había usado sustancias prohibidas.

Lo más injusto fue que, dado su prestigio, los que lo denunciaban, como la esposa de uno de sus ex compañeros –a quien llamó zorra– o el periodista David Walsh –a quien demandó por injurias–, recibían el rechazo –a menudo fanático– de los múltiples simpatizantes del ciclista. Porque él era el dueño indiscutible de la verdad.

Cuando Oprah le pregunta: “¿Esa es tu manera de ser? ¿Atacas a aquellos que dicen algo que no te gusta?”, él lo admite y revela que tenía una obsesión por el control, el cual lo alcanzaba mediante prácticas de intimidación dentro y fuera de su equipo. Dice que ha demandado a tantas personas que ni siquiera sabe cuántas son.

Si bien no era raro que en los años en que Armstrong competía los ciclistas de élite usaran sustancias prohibidas, lo más dramático de su testimonio seguramente sea el reconocimiento de que cuando se dopaba no pensaba que estaba haciendo trampa. “Yo sé, qué terror”, confiesa.

No deja de asombrar la capacidad autodestructiva de la gente que tiene este tipo de personalidades. Armstrong dice que su ambición por perpetuar la imagen que el mundo tenía de él le llevó a que finalmente se descubrieran sus engaños.

Y, sin embargo, este señor, que alcanzó la gloria por medio de la trampa y causó un daño inmisericorde a personas inocentes, hizo una obra social estimable. Un montón de gente vio en él una fuente de inspiración para dedicarse al deporte, mientras que su fundación dio apoyo y esperanza a muchos enfermos de cáncer y sus familias.

La entrevista a Armstrong es una ventana a la mente de alguien cuyos anhelos están por encima de toda consideración, escrúpulo o principio y a los rollos en los que se meten esta clase de individuos, cuyos pensamientos y dilemas Javier Marías describe así en su novela ‘Los enamoramientos’: “Lo principal ya no es no mancharse, puesto que uno lleva en su seno una mancha que jamás se elimina, sino que ésta no se descubra (...), y entonces añadir otra no es tan grave, se mezcla con la primera o ésta la absorbe, las dos se juntan y se hacen la misma, y uno se acostumbra a la idea de que matar [o engañar] forma parte de su vida”.