José Ayala Lasso

Trump al poder…el mundo tiembla

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La semana que termina ha sido pródiga en acontecimientos que han suscitado el interés general. En lo internacional, sin duda, el más importante ha sido el inicio de la presidencia de Trump, prepotente magnate millonario, cuya legitimidad, por primera vez, es discutida organizadamente en numerosas ciudades de su país.

Sus anuncios, aún antes de tomar posesión del cargo, predicen enfrentamientos y suscitan dudas y temores en todas partes; desestabilizan el status quo en el mar del sur de China, con implicaciones negativas directas para Taiwán, Japón, Corea y Filipinas; inquietan a sus aliados naturales de la Unión Europea cuyo debilitamiento auspicia, como lo dijo Trump al aplaudir el brexit y predecir que otros países pronto abandonarán la Unión Europea; cuestionan la subsistencia de la Nato a la que considera un instrumento de Berlín para dominar al resto de Europa; buscan confrontar a Rusia con Alemania a cuya Canciller -la señora Merckl, única verdadera líder que ahora existe en Europa- descalificó brutal y grotescamente; destruirán todo intento de paz en el Cercano Oriente basada en el reconocimiento de dos estados –judío y palestino- si la Embajada norteamericana se traslada de Tel Aviv a Jerusalén; y reinstalarán el peligro atómico al abolir el acuerdo laboriosamente alcanzado con Irán.

En el ámbito comercial, la eventual imposición de aranceles a los productos chinos encarecerá la vida de la clase media norteamericana, que hará sentir su descontento en las calles y en las elecciones parlamentarias próximas, y llevarán a Pekín a tomar represalias que podrían degenerar en una guerra comercial. Si Trump logra imponer la renegociación del tratado con Canadá y México, país al que ha ofendido repetidamente, surgirá una oportunidad de oro para que China ocupe los vacíos comerciales y políticos que se creen en el país azteca y, en general, en nuestro hemisferio.

Trump es un nuevo y nada sofisticado Maquiavelo que quiere aplicar a la gran política mundial los elementales dogmas del “dividir para reinar”. Su experiencia amoral como millonario exitoso le lleva a mirar a los Estados Unidos como una empresa cuya prosperidad debe asegurar y, al resto de estados, como competidores en un mundo comercial en el que, para que alguien gane, alguien debe perder.

Lejos está Trump de entender la complejidad de las relaciones internacionales que, en resumen, procuran armonizar los intereses divergentes de los estados mediante una adecuada aunque incompleta satisfacción, en beneficio de la seguridad y la paz que a todos interesa.

No. Trump busca volver a la época de “grandeza” de los Estados Unidos y, para ello, quiere doblegar a sus “competidores”. Tanta pobreza intelectual en un gobernante norteamericano es algo inédito. ¡Y terriblemente peligroso para el mundo!