Juan Valdano

Don Quijote y nosotros

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Abril de 2016: mes memorable para la literatura universal. El mundo hispánico y el anglo sajón recordarán los 400 años de la muerte de las dos figuras más altas de sus letras nacionales: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Se ha sostenido que el fallecimiento de ambos acaeció el 23 de abril de 1616, pero ninguno murió en esa fecha. La muerte de Cervantes ocurrió el 22 de ese mes y Shakespeare, en realidad, falleció el 3 de mayo ya que en Inglaterra regía, en esa época, el calendario juliano.

Nunca se conocieron y posiblemente jamás se leyeron. Sus vidas son opuestas, corrieron por cauces diferentes y con suertes distintas. Sin embargo, ambos destellan con luz propia en el abigarrado firmamento de la literatura universal. La vida humana vista como viaje, lucha, aventura y agonía se resume y representa en don Quijote, el Caballero de la Triste Figura.

¿Acaso la vida tiene algún sentido? Para Miguel de Cervantes, cristiano viejo, hombre de mala fortuna, insatisfechas ambiciones y tanta desventura acumulada, esta pregunta ni siquiera tendría sentido. Y no la tendría porque, para él, la vida posee un significado que está más allá de ella misma. Vivir es justamente eso: un ir tras aquello que nos falta y sin lo cual siempre nos sentiremos insatisfechos: el amor, la justicia, la belleza, el honor, Dios. Y fue así que Alonso Quijano, apodado “el bueno”, trasmutado en don Quijote y revestido con las mohosas armas que habían sido de sus abuelos, salió un día a lomo de Rocinante, su caballo, a recorrer el mundo en busca de sus sueños.

¿Empresa de locos? La cruzada de don Quijote es locura. Y lo es en tanto afirma la voluntad de sobrevivir frente a los desafíos y fracasos que limitan nuestra humana condición, y en tanto es perseverancia del exiliado por recuperar la patria y porque se trata de una cruzada contra la muerte. Bendita locura será siempre aquella en la que se lucha por una noble causa, por alcanzar un alto ideal aun a sabiendas de que el bien deseado estará más allá de lo posible. No obstante de ello, la diaria lucha por llegar a él dará una dirección y un sentido a la vida. Una vez derrotado y recuperado el juicio, don Quijote vuelve a la cordura del cristiano que finca su esperanza en la inextricable justicia divina. Renuncia al combate, mas no al ideal. Verdad es que no llegó a derrotar a gigante alguno ni alcanzó el amor de Dulcinea, esa sublimación de lo erótico; no obstante de ello y luego del fracaso, sabe que a su casa retorna más humilde y más sabio.

La búsqueda de la aventura y el batallar perpetuo son talante propio de don Quijote, genio y figura del hombre castellano, forma de ser de aquellos que, en ese mismo siglo de Cervantes, pasaron al Nuevo Mundo con idéntica sed de gloria y hambre de riquezas. Quijotes que acá nos dejaron sembrado el quijotismo, castellanos que, a toda costa, buscaron ennoblecer su desmesura a sabiendas de que todo heroísmo es, en el fondo, un culto a la muerte.

jvaldano@elcomercio.org