Fernando Larenas

El director autoritario

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Simplemente basta ver una película para que los pensamientos se transporten hacia el pasado, hacia el conocimiento de experiencias, de personajes, pero sobre todo de esas personalidades notables, especialmente de las artes y de la música. Según contaban en sus crónicas algunos periodistas brasileños, el maestro John Neschling (Río de Janeiro 1947) cuando ensayaba alguna ópera o una sinfonía se olvidaba del tiempo hasta que la interpretación resulte perfecta.

Sobrino-nieto del compositor Arnold Schoenberg, el director carioca estudió piano cuando era niño. Sus padres lo enviaron a estudiar a Suiza. En Viena conoció a Leonard Bernstein y aprendió todo su talento para dirigir orquestas y montar óperas. Cuando recibe una oferta para volver a Brasil como director, puso como condición que se construya la mejor sala de conciertos del mundo. El resultado de esa exigencia fue que una parte de la estación de trenes Julio Prestes Maia se convirtió en la Sala Sao Paulo. Entre 1997 y 2008 dirigió a la Orquesta Sinfónica del Estado de Sao Paulo (OSEP). Antes de asumir era una orquesta más con apenas alcance local y nacional. Neschling la colocó en los mejores escenarios europeos con partituras sinfónicas y operísticas.

Sin embargo, su fama de autoritario, exigente, perfeccionista, siempre lo persiguió. Pocos músicos le agradecieron por eso; al contrario, se quejaban que los ensayos y audiciones se prolongaran hasta la madrugada.

Como algunos críticos habían previsto, su trayectoria al frente de la OSEP acabó mal y antes de tiempo. No por su calidad como director, sino por haber expresado opiniones en contra de un gobernador brasileño socialdemócrata que había perdido unas elecciones frente al ex presidente Lula da Silva. Fue reemplazado primero por un encargado, luego por quien fuera su director asistente Roberto Minczuk y, en la actualidad por Marin Alsop, quien dirigió a la Orquesta Sinfónica de Baltimore.

Me acordé de este director mientras veía ‘Whiplash’, una película estadounidense de bajo presupuesto que tuvo varias nominaciones a los premios Oscar y dirigida por Damien Chazelle, un director de 30 años de edad, poco conocido en el ambiente cinematográfico. No es la música de Neschling, es el jazz, que como todo género también necesita de un gran conocimiento y de experiencia para ser interpretado a la perfección.

Sin embargo, la perfección es superada por la obsesión hasta lograr que cada movimiento, cada acorde resulten perfectos. Y la obsesión enfrenta a los dos personajes: el baterista Andrew (Miles Teller) y Fietcher (J.K. Simmons), el director perfeccionista, autoritario.

Lo más lógico hubiera sido que tras ser humillado persistentemente por el director, el baterista desista de continuar. El final es dramático y el choque de egos deja mucho espacio a la imaginación.