Marco Arauz

A Dios rogando...

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Su neologismo ‘tetacampeón’ -quizás aplicable a los campeones de la teta- fue uno de los que más gracia causó, pero la frase que quedó retumbando en los oídos de quienes escucharon la ‘Memoria y cuenta’ del presidente venezolano Nicolás Maduro es aquella de que ‘Dios proveerá’, cliché con el cual refrendó las iniciativas gubernamentales para enfrentar la severa crisis económica de su país, agravada por la caída del precio del petróleo.

Entre los presidentes del neosocialismo latinoamericano, piadosos como ellos solos, Maduro se cuenta entre los que no recibirá una visita papal en los próximos meses, pese a ser uno de los que más la necesita. Otros se han abanderado desde ya de los dichos papales para discutir temas de la agenda pública como el de la libertad de expresión.

Es difícil imaginar al presidente de un Estado secular y laico del siglo XXI esgrimiendo las razones del líder de su iglesia para sostener políticas públicas, pero sucede con más frecuencia de lo que uno pudiera pensar. Lo cual prueba que la separación entre Iglesia y Estado que tanto se reivindica de las revoluciones decimonónicas se transgrede para usar a conveniencia el pensamiento eclesiástico.

Como fuera, en el caso ecuatoriano, la economía no ha entrado en la esfera de las creencias. Hay una gran racionalidad y acuciosidad para enfrentar las contingencias por la caída del precio del crudo y para cuidar los dólares. Pero eso no quiere decir que en este momento la economía esté a salvo de las consecuencias de haber minimizado los riesgos y de haber puesto los huevos en una sola canasta.

Al haber eliminado los fondos de ahorro y al haber apostado por las empresas estatales chinas para el desarrollo de los principales proyectos petroleros, ahora la economía bien pudiera estar frente a un inesperado riesgo de cola.

El Gobierno daba por segura la participación de empresas y de capital chinos para desarrollar proyectos clave como el ITT, Pungarayacu, Sacha, los nuevos campos petroleros en el suroriente y hasta la Refinería de Pacífico, pero ese escenario se ha ido desdibujando, en medio de la reticencia de ese país y de la aparente ausencia de un plan B.

Lo que está en juego es, nada más y nada menos, la capacidad para producir a futuro un volumen suficiente de crudo, que permita cubrir el consumo interno y, a la vez, seguir siendo un exportador. Hasta cuando no cambie la matriz productiva, la economía seguirá dependiendo del petróleo, pues aun cuando el Gobierno haga notar que este financia una pequeña parte del presupuesto, las ventas petroleras han llegado a representar más de la mitad del total de las exportaciones.

Se antoja que estos debieran ser los temas de la agenda nacional y de la rendición de cuentas. Pero si de todas maneras se quiere acudir a las creencias, es mejor desempolvar aquel ‘A Dios rogando y con el mazo dando’.

marauz@elcomercio.org