11 de July de 2010 00:00

Diógenes y su lámpara

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Gonzalo Maldonado Albán

Seis asambleístas que se habían comprometido -de palabra y por escrito- a votar por la invalidez de la Ley de Comunicación se hicieron humo el día en que debían cumplir con su compromiso político. El acuerdo había sido anunciado públicamente hace más de seis meses y quienes lo suscribieron dijeron que aquel compromiso evidenciaba su madurez política y, sobre todo, su sentido del deber para con el país. Sin embargo, a la hora del té, todas aquellas promesas quedaron en absolutamente nada'

¿Por qué las personas no podemos cumplir con nuestra palabra? ¿Por qué los políticos no pueden llegar a acuerdos sostenibles? Estas preguntas se han hecho filósofos, politólogos y, últimamente, hasta matemáticos y economistas.

Robert J. Aumann -premio Nobel de Economía por sus aportes a la Teoría de Juegos- demostró matemáticamente que dos personas que razonen de forma lógica llegarán siempre a un acuerdo (y honrarán su palabra) aun cuando sus puntos de vista de partida sean enteramente diferentes. El requisito fundamental para que eso ocurra es que ambas partes entiendan bien los argumentos de su contradictor y que tengan un deseo genuino de solucionar un problema.

Siguiendo la explicación de Aumann podríamos decir que las personas somos incapaces de llegar a consensos sostenibles por dos razones: porque no siempre podemos pensar de manera lógica y -más preocupante todavía- porque no tenemos el deseo genuino de solucionar un problema.

Ese desdén por los problemas del país es, a mi juicio, uno de los principales causantes de que los políticos rompan compromisos e incumplan su palabra sin pudor alguno. Se trata, en el fondo, de un problema de honestidad intelectual: quienes suscriben acuerdos o empeñan su palabra no creen o les importa muy poco la posición que han decidido apoyar inicialmente.

A esas personas les tiene sin cuidado las ideas o los principios que se busca fortalecer para solucionar o evitar determinado problema. Su comportamiento es básicamente el de un apostador: alguien que decide poner sus fichas en determinada jugada porque cree, en ese momento, que tiene las de ganar. Si, momentos después, esa percepción varía entonces el apostador cambiará de posición para minimizar sus pérdidas o alzarse con las ganancias.

Hace dos mil años, Diógenes paseaba a plena luz del día con una lámpara en sus manos. Intrigada, la gente le preguntaba qué hacía: “¡Buscando un hombre honesto!”, respondía. Al parecer, la condición humana sigue tan torcida como en la antiguedad y nada -ni el desarrollo de las artes y las ciencias- parece que podrá enmendar este terrible defecto.

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