Columnista Invitado

Recordando a Diego Cordovez

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Se cumple un año desde que Diego Cordovez no está entre nosotros. Echo de menos su inteligencia trepidante, conocimiento del mundo y capacidad para decodificar los confusos, a veces desconcertantes jeroglíficos del acontecer internacional.

Enviado especial de la ONU para Venezuela, su experiencia nos hace falta para entender el estruendoso silencio de la OEA, de la Unasur y aun de la reciente Cumbre de las Américas frente al estrangulamiento de la democracia y a la persecución y encarcelamiento de líderes opositores en ese país. Nos hubiera podido explicar qué clase de disonancias o acomodos políticos han condicionado la conciencia ética y jurídica que exige el respeto –en todo tiempo, lugar y circunstancia– de los derechos humanos.

Tuve la fortuna de acompañarle en varias misiones, entre ellas al Estado Vaticano en 1992, en relación con la histórica propuesta de arbitraje papal del presidente Rodrigo Borja. En gesto deferente, el cardenal Ángelo Sodano, secretario de Estado, lo recibió al pie de la escalinata del Palacio Apostólico. En la reunión que mantuvieron, el alto prelado receptó con interés la exposición del Canciller ecuatoriano; hito relevante en la búsqueda de la paz que el Ecuador y el Perú alcanzarían en Brasilia, en 1998.

A su reconocida pericia negociadora, Diego Cordovez sumaba una elegante sobriedad y eficacia para transmitir sus ideas.

Realizó una profunda modernización de la Cancillería ecuatoriana, respetando la carrera y la Academia Diplomática. Nominado al Premio Nobel de la Paz y acreedor más tarde, junto con Mijail Gorbachov, al «Premio Martin Luther King», hubiera sido un excelente Secretario General de la ONU, si es que las circunstancias de alternancia geográfica hubieran sido propicias para la presentación de su candidatura.

Recuerdo las tertulias en su casa, donde con mente abierta y plural reunía a diferentes interlocutores. Era un gran maestro.

Sabía persuadir tanto como escuchar. Su sentido de humor, refinado y profundo, iluminaba los sesudos análisis de un mundo diverso y complejo, cuya realidad «como voluntad y representación» −para usar una expresión de Shopenhauer− conocía a fondo. Situado sobre la atalaya de un edificio, su departamento lleno de libros, arte y símbolos del itinerario vital que lo llevó hacia las más remotas naciones del orbe, semejaba la torre donde Montaigne, «el señor del Castillo», se recluía a meditar y a escribir sus ensayos.

Al final de su prolífica carrera hubiera podido retirarse a su refugio neoyorquino, donde vivió largos años. Reacio a exiliarse de su tierra patria, hizo de Quito su primer lugar de residencia, aportando siempre al país su vasta experiencia y conocimientos.
Su brillante gestión diplomática, ejemplo de vida y obra escrita son el rico legado que nos dejó.

Jaime Marchán