Monseñor Julio Parrilla

Diálogo, sí. Violencia, no

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En el pasado, escribí un par de artículos sobre Venezuela. Las cosas no han ido a mejor, sino todo lo contrario. Prevalece la violencia de un pueblo dividido y enfrentado, profundamente herido por la sangre derramada en el último mes.

De paz habla todo el mundo. Eso sí, con las armas en la mano. Así ocurre en todos los escenarios de guerra que asolan el planeta. El trauma que hoy sufre Venezuela no puede curarse a golpes de represión. La actual situación es la antesala no sólo de una guerra civil, sino de una fractura que dejará al país partido por mucho tiempo. Disentir es legítimo. Pero resulta inaceptable enfrentarse entre hermanos, que medio pueblo vomite al otro medio y pensar que la represión es la solución.

Me identifico plenamente con los comunicados de los Obispos de Venezuela y de Ecuador. Son voces sensatas y proféticas que, en política, sólo se oyen con un oído, el del interés, según convenga a unos u otros. Pero el pueblo sabe que en la voz de la Iglesia late una profunda búsqueda de la verdad, capaz de trascender cualquier interés inmediato. Por eso, desde el principio, la Santa Sede y el Episcopado insistieron en el valor del diálogo. El intento se dio, pero sin resultado. ¿Estaremos todavía a tiempo?

A estas alturas, un diálogo no será posible si no se cumplen algunas condiciones:

La primera, el respeto de la institucionalidad y del Estado de Derecho. Soberana es la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres. Por eso, en el sistema democrático, la autoridad política es responsable ante el pueblo. No puede haber proyecto o líder político que no esté sometido a un auténtico control ciudadano. En Venezuela se ha llegado a un punto en el que, a mi juicio (y al juicio de muchos) el único control posible va unido a las elecciones libres. Hoy, lo que se cuestiona no es sólo la carestía en la que el pueblo vive sumido, sino la convivencia civil en su conjunto.

Una segunda condición: el componente moral. Dejarlo de lado es un suicidio. No se puede ignorar al Parlamento, convocar una Asamblea constituyente a la medida y pensar que en la calle podemos dirimir a tiros y pedradas quien es el más fuerte. Todos tienen que escuchar, dialogar y consensuar, porque una cosa es el país y otra quien lo maneja. El origen de la ética no está en Chaves, ni en Maduro, ni en el proyecto bolivariano. En democracia cada uno es muy libre de pensar, expresar y votar lo que quiera, sin olvidar que el fundamento de la ética es siempre la dignidad de la persona y el bien común.

Y una tercera condición: la violencia hace imposible cualquier diálogo. Todo lo que se pueda hacer por Venezuela habrá que hacerlo, pero con las garantías necesarias. Ocho gobiernos latinoamericanos se han sumado a la petición del Papa reclamando “soluciones negociadas”. Pues de eso se trata, de sentarse a negociar, escucharse y pactar.