Manuel Terán

70 años del día D

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10 de junio de 2014 21:33


El 6 de junio pasado se conmemoraron siete décadas desde el desembarco de los aliados en las playas de Normandía, lo que significaría el avance desde el oeste para poner fin a uno de los episodios más horripilantes que ha conocido la humanidad, llevado a cabo por personajes alienados por una ideología plagada de aberraciones.

Los artículos y publicaciones aparecidas con motivo de esta conmemoración ponen de relieve la manipulación que sufrió el pueblo alemán por parte de una dirigencia que solo le interesaba el poder y la preeminencia mundial. Sometida a una serie de circunstancias que las consideraban denigrantes, como consecuencia de la I Guerra Mundial, la población germana fue fácil presa del discurso extremista del Nacional Socialismo, liderado por Adolfo Hitler.

Le dieron su apoyo, creyeron en él y sus promesas, no protestaron como debían cuando se hizo de todos los poderes en Alemania.

Allí se dio inicio a la debacle. Sus victorias iniciales ayudaron a incrementar su poder, a alimentar su ego y vanidad hasta creerse invencible. El pueblo lo acompañaba y creía en sus logros, con base en una campaña publicitaria avasallante que pintaba el mundo como lo deseaba la dirigencia nazi.

Pero las equivocaciones se sucedían una tras de otra y la derrota bélica era inminente. Repitió el error colosal de otra figura de la historia que también deliró por la gloria mundial y, simultáneamente, peleó en varios frentes. Como Napoleón, que declaró la guerra al Imperio Británico, luchaba en el norte de África y se decidió por invadir Rusia, lo que fue la causa final de su total desastre, Hitler lo imitó. Sin embargo, en esta ocasión el Ejército Rojo juraría destruir Berlín, en venganza de lo sucedido con las ciudades rusas bombardeadas.

Quien sufrió en carne propia las consecuencias de estos delirios fue la misma población germana. Pero la alienación era tal y el sistema de propaganda nazi había incidido tanto en las creencias de las personas que, como bien lo recoge Antony Beevor en su libro: “Berlín, la caída” habían quienes aún soñaban en un “milagro” ofrecido por sus dirigentes, que hablaban de armamentos extraordinarios que cambiarían la suerte de la guerra, lo que nunca sucedió, convirtiendo todo el sacrificio en un esfuerzo inútil.

Si alguna lección deben dejarnos estos desastrosos sucesos es que nadie puede confiar ciegamente en individuos alineados con extremismos, que son los que mayor daño han infringido a sus propios pueblos y a la humanidad entera.

Allí están las figuras de Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, que con sus aberraciones provocaron millones de muertes, persecuciones y desplazamientos. Hay que recordar los hechos para refrescar la memoria colectiva y poner en evidencia que la tozudez y la intolerancia han sido las características primordiales de los que se sienten con el poder para cambiar la historia.

Efectivamente lo han hecho pero para mal, para inundar de vergüenza a la especie humana por los campos plagados de muerte y desolación.