Jorge León

¿Para qué destruir la democracia?

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Ecuador conocerá otro momento de contestación y rechazo al gobierno con el nuevo Paro Nacional y el Levantamiento Indígena que nos recuerdan a los noventa de otros ajustes.

Pero el Gobierno en lugar de demostrar tolerancia, pluralismo y sentido de democracia, inició su conocido ritual de la represión de deslegitimar dirigentes, de amenazarlos, de atacar a la prensa que trata la protesta, algo muy socialcristiano.

Cuando para vivificar la democracia que nos conviene a todos, la libertad de expresar el descontento sería positivo. Al nivel internacional Correa ya no es el que se vendió al inicio, en cada represión su imagen cae.

La persecución potencia la marcha, pues ya cayó el miedo y se suman los afectados por las políticas gubernamentales o por Correa como persona. Debería ser un hecho que le permita al Gobierno rectificar, enderezar posiciones, como acontece en democracia.

Pero, al negar legitimidad a los contestatarios y construirse el fantasma del complot, del golpe blando, tantas veces evocado y no demostrado, termina por hacer que Alianza País prefiera escaparse de la realidad, autoconvencerse que eso es así y no de la dinámica social, esta se le escapa de su fascinación por el control y eso le lleva a vivir en la irrealidad.

Qué complicado resulta para la mayoría vivir en una nube, a pesar del hecho que ya ahora la población más activa ha descubierto que los mentados éxitos del Gobierno, los discursos de Correa, son más hechos de irrealidad que de realidad. Otros ya dudan de todo lo que dice. Muestra la construcción segura de la ilegitimidad gubernamental. Imprevisible saber lo que eso implica para el futuro, pero ciertamente la reelección de Correa ya no es pan comido, a menos que las irregularidades electorales se multipliquen y hagan alguna magia.

Lo que se pierde es la democracia que otra vez está empantanada por la ambición de perpetuarse en el poder y de pretender que el Gobierno tiene el buen camino a lo cual todo habría que someter. En los hechos, el llamado proyecto ha cambiado tanto constantemente, que es obvio que no existe proyecto, salvo el que la cúpula guayaquileña del poder (nunca hubo tanta concentración) mantiene y avanza.

¿Vale destruir la democracia cuando la única posibilidad para que AP sobreviva es la democracia? Su discurso mañana demandando democracia sonará falso si ahora no la practica. Si hay gente que aún en AP cree en la dinámica social y la realidad no se reduce al voluntarismo del poder político, que ve pertinente la organización y no los simples seguidores de un redentor, si considera necesario tener un proyecto y no la construcción de posiciones según las circunstancias, si piensa en pasar de la modernización de nuevo rico a una más sustentable basada en lo que disponemos de hecho, es de esperar que se las juegue para reorientar al que fue un gran movimiento político reciente.

jleon@elcomercio.org