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Los déspotas necesitan saber la verdad; nunca permiten que les digan. Omniscientes, mitómanos, felones, carecen de ideologías. ‘La ideología soy yo’ es la expresión que mejor los define. Suma y esencia de sus malsanas personalidades. Los grandes, medianos y pequeños déspotas de la historia no obtienen su esplendor por la función de la capacidad perversa que poseen, sino por ciertas condiciones que son en realidad virtudes, y que ellos, para infortunio de los demás, ponen al servicio del mal.

Los hay de todos los tamaños. Pequeños: Napoleón, Mussolini y Franco se alzaban en puntillas, tanto que el más nimio roce con ellos podía hacerlos caer de espaldas. Hitler y Stalin ostentaban portes regulares. Pero no es cuestión de estatura física: Alfredo Stroessner, de ‘sugestiva estampa’ como lo define un cronista de su tiempo, murió con 45 kilos en sus 190 centímetros de largo.

El déspota guarda la convicción de que es inmortal. ‘Frater ave atque vale’ (‘Hola, hermano y adiós’), escribió Catulo. César lloró al leer este verso; ¿comprendió la circunstancia humana? Los seres humanos conscientes dudan, los otros truenan o balan certezas.

Los déspotas viven esculpiendo su monumento funerario. Néstor Kirchner, uno de los adalides de la corrupción en nuestra América, luce broncínea estatua en uno de los edificios de Quito, legado infame y torpe a Quito y al país. Las construcciones que pese a haber sido replanteadas aún rinden culto a Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. El supuesto cráneo de Mariano Melgarejo, enquistado en una pared de la iglesia de Tarata en Bolivia, sigue ‘haciendo milagros’. Hay conglomerados que idolatran a los déspotas. ¿Son culpables de semejante dislate?

Parecería que la mayoría de seres humanos solo aman los símbolos de la libertad, no su sustancia. El despotismo es mucho más fácil de sobrellevar que la libertad. El déspota deviene redentor de todos los males, por lo que es mucho más cómodo oírlo y verlo en sus altares, y dejarle el ejercicio de las decisiones. Un olor infecto se desprende de sus actos y mandamientos. Es el miasma de la corrupción y del cinismo. Saqueadores compulsivos, lo hacen frente a sus pueblos.

El cautiverio del cuerpo es amargo, el de la mente es peor. Los déspotas odian, pero el odio que esparcen es el que les pertenece. Viven enclaustrados en lo que Thornton Wilder llama ‘el aborrecimiento eterno’. Jamás comprenderán que el poder es una ilusión, abstrusa, furtiva. Mito y realidad. Juego siniestro de espejos. Humarada. ¿Qué hacen los déspotas alejados de sus fetiches: el país modélico, los héroes fabricados, los intelectuales misioneros, la tribuna del circo, la tarima, el micrófono en su connotación freudiana, y, en este último tiempo, el Twitter…? Seguir ordenando a los gritos a los espectros de su irrisoria soledad.