Manuel Terán

Desparpajo

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Suelto de huesos, con un descaro monumental, un alto ejecutivo de Odebrecht, buscando encontrar salidas a lo injustificable, ha dicho que la transnacional brasileña no ha sido la primera empresa en incurrir en ese tipo de prácticas delictivas y que tampoco será la última. Ha afirmado que el pago de sobornos “forma parte de la naturaleza humana” y que es una práctica extendida no sólo en el mundo de las infraestructuras. Lo que olvida este funcionario es que esas prácticas están reñidas con la moral, la ética y las estructuras jurídicas de los países. Es lo más cercano a desarmar el orden constituido, para sacar provechos particulares o de grupo. Esa es una actitud mafiosa. Lo deleznable es que políticos sin escrúpulos se hayan ofrecido de intermediarios o gestores, poniendo a disposición de estas prácticas las instituciones de los estados, como en el caso del coloso latinoamericano, que el banco estatal era quien financiaba las exportaciones de ese país. El asunto lucía sencillo para eliminar la competencia, se echaba a correr en los corrillos del país receptor de la inversión que existía la posibilidad de ofrecer financiamiento a las obras. Se armaba el tinglado con los políticos del país de origen a fin de lograr que el banco estatal preste el dinero, estableciendo en las bases de los procesos que el concurso sería adjudicado a las “empresas” del estado prestatario. Se repartían el mercado de obras y el asunto se cerraba con sobreprecios y valores inflados que servirían para repartir a los “facilitadores” de tales entramados en uno y otro Estado perjudicando a los nacionales del país donde se ejecutaba la obra.

Eso no es libre competencia era un procedimiento obsceno, que sólo puede llevarse a cabo en países donde la moral está corroída. Si lee en la nota de prensa despachada por una agencia internacional que los países en los que ha operado esta trama mafiosa son 12, ubicados en África y América Latina. ¿Por qué la lista no incluye a estados desarrollados? Simplemente porque allí existen instituciones fuertes, que en el evento que se descubran estas prácticas anómalas la justicia realiza su papel sin contemplaciones.

Por ahora nos sorprendemos de la actuación del juez Moro en Brasil que ayudó a destapar este entramado. Pero es una excepción que ya se verá hasta donde avanza. Lo real es que personas que ejercieron la primera magistratura en Brasil, Argentina, Perú, Panamá, que se hallan ejerciendo ahora mismo la presidencia en Colombia, están salpicadas en este escándalo de proporciones. En este país inexplicablemente el tío de un “alto funcionario público” habría recibido ni más ni menos que 13 millones de dólares y el único lugar donde se encuentra un pariente influyente es en el antiguo edificio de correos.

No nos pueden engañar. La política debe ser servicio y nada más que eso. Pero ahora sabemos que los que presumían de manos limpias lo que tenían eran ansias insaciables, que no fueron satisfechas con el festín más grande de la historia. Por eso se aferran al poder.