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Como suelo salir en el carro muy de mañana, antes de las seis en punto (un minuto más o menos no hace al caso) apago la radio: no quiero oír por enésima vez el himno nacional, que, dada la orden del señor Gobierno a través de la Secom, transmiten al amanecer todas las emisoras. Evoco, callada, la antigua nobleza de su letra, la de la que se canta y la de la que se calla; la belleza de su música y la emoción que nos causaba, cuando niños y jóvenes, escucharlo en las que, por su seriedad, eran grandes e importantes ceremonias que se iniciaban, precisamente, con las notas de nuestro himno a cuyos primeros compases todo los asistentes, sin faltar uno, se ponían de pie… Y lamento el desgaste a que se ha sometido al himno y al que se nos somete, con la obligación cotidiana de transmitirlo, ya que a escucharlo, felizmente, nadie puede obligarnos.

Pura nada, me digo, pura demagogia esta repetición de signos o símbolos nobles para una hipotética conversión patriótica del ‘respetable’, -que la ‘afición’ no existe para estos afanes- aunque la mayoría de oyentes solo quiera que se acabe el himno para que empiecen las noticias... Se ha disipado su representatividad, desgastada por la redundancia; se ha convertido el símbolo en clon sin sentido íntimo, perdida su verdad, su belleza y su valor moral. Entonado, por cumplir una orden, a través de las ondas, es otro bien de consumo, aunque sin garantía de éxito entre anuncios de hospitales, comilonas, farmacias que venden de todo, mil y otras necedades adecuadas a las abiertas fauces de nuestras pobres aspiraciones de ricos, extraviado el sentido que alguna vez soñamos para nuestra vida.

Vivir desconectados de valores, símbolos o normas – por hartazgo, en este caso, dada la inutilidad de una repetición vacía- es origen de la soledad moral tan intolerable o más, que la soledad física… Escuchar el himno por obligación, desprovista su presencia de sentido real, nos distancia espiritualmente del significado y la finalidad que tuvo cuando fue creado: los de que cada miembro de la colectividad a la que pertenece se identifique con su contenido y se sienta unido en dignidad y fervor a quienes simultáneamente lo escuchan o interpretan…

Identificarse es establecer una relación de identidad con la realidad que el símbolo evoca y representa: al escuchar en común nuestro himno, en circunstancias especiales, dignas y señaladas, exteriorizamos sentimientos, esperanzas, ideas cuyo significado expresa el anhelo de elevar nuestra patria, de dotarla de vigor e integridad: “¡Salve oh patria / mil veces, oh patria, / gloria a ti!”… Nuestra conexión con el himno, como con todo aquello que simboliza los valores nacionales, debe ser noble, pero la hemos trivializado; rica, y se ha empobrecido; sugerente, y se ha vuelto banal.

¡Dios nos libre de los que creen que la necedad de la abundancia dota de sentido a lo repetido o preserva el significado de lo que amamos! ¡Dios nos libre de las insistencias que intentan suplir los vacíos políticos, a menudo insoportables, de nuestra realidad!