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ovela@elcomercio.org

El cambio de año provoca en los seres humanos una catarsis espontánea con la que intentamos liberar los recuerdos más dolorosos y atesorar los que nos resultan gratos.

No siempre se lo consigue, pues normalmente la nostalgia que suele gobernarnos antepone a nuestras vivencias más agradables aquello que quisiéramos borrar para siempre.

Cada año viene cargado de noticias buenas y malas, de aspectos positivos y pasajes negativos, de episodios alegres, instantes placenteros y momentos tristes. El equilibrio de todos ellos es lo que nos permite mantenernos de pie y avanzar, y aunque en ocasiones no resulte fácil balancear nuestras vidas es indispensable plantarle cara al infortunio descubriendo otras vetas de felicidad junto a los que quedan a nuestro lado.

La pérdida de un ser querido nos deja en el alma un dolor punzante, intenso, casi irresistible en un inicio, latente y sosegado cuando ha pasado cierto tiempo, aunque la herida nunca terminará de cicatrizar del todo. Sólo el tiempo se encargará de formar barricadas para aislar poco a poco esas penas más hondas en una cápsula asida a la memoria.

De este modo, las tragedias que hemos sufrido, aquellas que en un inicio nos asfixiaban y nos asediaban casi hasta la locura, hasta sentir que no éramos capaces de seguir, empiezan a enclaustrarse de forma imperceptible en aquel desván que alberga nuestros dolores más intensos.

Aún a pesar del tiempo, será imposible llenar otra vez el vacío que genera la muerte de una persona cercana, pero es viable tender un puente sobre ese abismo para atravesarlo cuando nos provoque y acudir entonces a aquel desván para rescatar ciertos recuerdos gratos, para escuchar otra vez una risa, para descubrir de nuevo el brillo de una mirada, para evocar el calor de un cuerpo, el roce de unos labios, la fuerza de un abrazo, la intensidad de una caricia.

Y si la travesía sobre el puente se la hace en el mundo de los sueños será mejor aún, pues a lo furtivo y atemporal, se le sumará lo imprevisto, y en ese sueño, esa noche, será posible vivir un nuevo y feliz momento en compañía de quien se había perdido, lejos del dolor que, por un instante, se esfumará.

Pero también se puede aliviar las penas aproximándose a los que están en nuestro entorno: a los hijos que son la prolongación cierta de la vida de los seres humanos, a los padres, a los nietos, a los hermanos, a los amigos de la persona amada, a todos los que de un modo u otro fueron partícipes de su existencia. En ellos posiblemente siempre encontraremos una veta de felicidad para ser explorada.

A la memoria de los que se fueron este año, de los que ya no están hace tiempo entre nosotros, de los más cercanos y de los que nos distanciamos, con mis sinceros deseos de que aquellos que se quedaron encuentren pronto consuelo, de que sus anhelos y las ganas de vivir le ganen la batalla al vacío y a la soledad, y de que los recuerdos, hoy o mañana, dormidos o despiertos, siempre se los lleven por senderos felices.