Gonzalo Ortiz

Descorreizar

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Columnista invitado

Una vez que Rafael Correa dejó el poder, se presenta para la mayoría de ecuatorianos una tarea decisiva para el futuro: descorreizar la sociedad y descorreizarnos a nosotros mismos.

¿Qué hizo Correa estos nueve años, nueve meses y 14 días? Dividir al Ecuador, confrontar sin cuartel a reales o supuestos contrincantes, insultar, humillar, denostar, denigrar. La constancia de esta acción durante 2.845 días, sumado al enfermizo narcisismo, ha dejado en la sociedad una impronta perversa: también nosotros estamos viendo el mundo en blanco y negro, también nosotros creemos que el Ecuador se divide en amigos y enemigos, también nosotros abrigamos odios profundos, también en la sociedad hay amistades en ruinas, hermanos enemistados, parientes expulsados, amores estragados.

Es que Correa lo entendió muy bien: insultar, dividir, denostar le permitió subir al poder y mantener su alta popularidad, con el pretexto fácil de que todo lo malo provenía de la partidocracia, los pelucones o la prensa corrupta. Creado el enemigo, inventado el culpable, se simplificaba el panorama para explicar, sabatina tras sabatina, cómo él encarnaba la solución, cómo era él el superhéroe de la comiquita en que había convertido la historia del Ecuador. Y el artilugio y maquinaria de propaganda, de una astucia sin igual, amplió, machacó y consolidó este resultado.

Pero Correa se dio cuenta de otra cosa: que mientras más insultaba y más exorbitantes eran sus enojos, obtenía más primeras páginas y más minutos de televisión. Supo instrumentar a la que llamaba “prensa corrupta”, supuesta enemiga suya, para que le sirviera, inconsciente y encabronada, de caverna de eco y así dominar los ciclos de las noticias y ser el foco y centro de toda conversación.

Ahora que ha dejado el poder, la tarea es salir del encantamiento al que nos sometió. Y trazar puentes, recuperar el diálogo, impulsar la participación.

Lenin Moreno sabe que no podrá gobernar un país polarizado. No es cuestión de estilo sino de supervivencia; por eso subraya su carácter conciliador. Muchos dudan de él, consideran que fue cómplice y partícipe de lo que aconteció en los últimos 10 años y no le creen ni una palabra. Moreno ofrece la mano tendida (no extendida, esa no es la forma de decir en castellano, a no ser que se refieran a la mano que algunos extendieron durante estos años para coimas y cohechos) pero hay quienes no se la quieren aceptar. La rechazan porque están correizados, bajo efectos de la droga de la polarización. Y aunque no podamos declararlo santo, que no se trata de canonizaciones, tampoco las actitudes extremas o seguir en blanco y negro es bueno para el país. Ya habrá tiempo de juzgar si lo que dice es cierto y sólido, pero por ahora lo que toca a partidos, movimientos sociales y prensa es avanzar en el diálogo.