Manuel Terán

Descaro

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Ofrecieron manos limpias, pero el tufillo de la corrupción lo invadió todo. El país contempla absorto cómo los llamados a vigilar, los encargados de controlar los negocios del Estado, son imputados por conductas escandalosas y acusados de recibir dádivas a cambio de favores. Toda una desfachatez que demuestra que el proceso de selección para designar a autoridades de control flaquea por todos los lados, que es posible burlarlo de la manera más grotesca si para ello se cuenta con la anuencia de un mandamás. El operativo de la Fiscalía realizado la semana anterior, pone en evidencia la desastrosa situación a la que se le ha conducido a la institucionalidad ecuatoriana. Se suponía que se iban a escoger a los mejores, a los más probos y sobre los cuales no exista la más mínima posibilidad de sospecha. El resultado, en el evento que se comenta, es que por más de diez años una institución fundamental del Estado ha sido dirigida por una persona sobre la cual ahora recaen serios cuestionamientos acerca de su conducta. Nadie, en filas oficiales, se hizo eco de las denuncias que mencionaban que circulaban maletines de dinero que cambiaban de manos en las habitaciones de un hotel. O peor, si se estaba investigando y existían indicios de culpabilidad, como ronda por allí alguna versión que quiere adjudicarse el protagonismo de la revelación, se esperó hasta que el involucrado se pusiera a buen recaudo y se encuentre lejos del alcance de la ley para destapar el entramado. Todo para descubrir que estábamos en manos de los menos indicados para las tareas que les fueron encargadas.

Cosa parecida se puede decir de ese otro personaje al que se le han otorgado millones de dólares por suponer que tenía buenos lazos familiares. En este caso, habría que suponer que estamos al frente del mayor ”cuentero” de la historia ecuatoriana, que se ha hecho entregar ingentes cantidades de dinero sin tener funciones públicas relevantes. ¿Qué ofrecía a cambio este contador de historias? ¿Cuáles eran los argumentos tan convincentes que condujeron a una enorme empresa, llena de procedimientos y auditorías, a desembolsar sumas tan estrambóticas como las que señala la Fiscalía?

¿Qué hubiese sucedido si esta información era conocida antes de las últimas elecciones? ¿Sería la misma realidad que la que estamos viviendo? Lo cierto es que las autoridades ahora se hallan más compelidas que nunca a develar toda la verdad y llegar hasta los últimos recovecos, a fin que se conozca a cabalidad lo que sucedió realmente y que los culpables de estos ilícitos respondan por sus actos.

No es conveniente para la salud del tejido social que estos hechos queden impunes. Es imperativo insistir en que se deben hacer las modificaciones necesarias para que una nueva institucionalidad rija en el país, en la cual las autoridades de control no tengan vínculos de ninguna clase con los poderes de turno, con el propósito de obtener una mínima garantía de que existirán auditorías públicas probas y competentes. La mano de la política lo descompuso todo, más aún si no tenían nada de limpias.