Fernando Tinajero

El desarme de las conciencias

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Entre los peligros que hoy se ciernen sobre la vida democrática, uno de especial gravedad consiste en la marcada desconfianza que se ha instalado entre nosotros: los funcionarios del estado suelen mirar con ojos de sospecha a todos los ciudadanos, y están siempre dispuestos a escudriñar toda su vida en busca de delitos; pero a la vez, los ciudadanos tendemos a mirar con recelo a todos los funcionarios, bajo el supuesto de que en cada uno se esconde algún abuso de poder o alguna irresponsable disposición de los fondos públicos.

Los empresarios se mantienen siempre alertas frente a las reacciones que pueden provocar sus decisiones; pero en forma paralela los trabajadores desconfían de todas las acciones que pueden realizar los empresarios. Y el mismo cuadro en claroscuro se repite día a día entre el profesional y su cliente, el estudiante y su maestro, el feligrés y su pastor.

El resultado ha sido la construcción de un sistema de controles que permite a los unos y a los otros el ejercicio de una recíproca vigilancia, siempre dispuesta al escándalo. Es indudable que la causa de esta situación se encuentra en la galopante corrupción que ha envenenado nuestra vida, y hasta podemos comprender que las graves experiencias acumuladas explican de modo fehaciente la notoria desconfianza que está corroyendo todas las relaciones sociales; pero es necesario que consideremos muy en serio si las respuestas a tan nefasta plaga han sido las más constructivas y eficaces.

La represión policial y la judicialización de conflictos, junto a la creación del ya mentado sistema de controles, han sido hasta ahora las más empleadas, pero los deprimentes episodios que hemos vivido en los últimos tiempos revelan que también ellas han sido contaminadas por el mismo mal que pretenden superar: no hace muchos días, hemos llegado al colmo al conocer ciertas condenas que son baldones para quienes las dictaron y honrosos galardones para quienes las recibieron.

¿Cómo es posible mantener y desarrollar una verdadera democracia bajo estas condiciones? No es necesario alcanzar alguno de esos doctorados que se distribuyen ahora con largueza para entender que la vida democrática solo puede construirse sobre una base de confianza –esa confianza que nos permite alimentar el imaginario de una unidad social movida por idénticos valores y objetivos. Cuando esa base falta, la democracia está herida de muerte y la política, al ver agotados sus recursos, solo puede conducir a la violencia.

Restituir la confianza, sanar las heridas de las recientes confrontaciones y restablecer la conciencia de una unidad que se sobrepone a todas las diversidades, viene a ser, en consecuencia, el encargo que la sociedad hace al nuevo gobierno. Ya no más descalificaciones ni exclusiones, ya no más burlas ni desprecios, ya no más altisonantes desafíos: vivimos una época tortuosa y es imperioso lograr ese desarme de las conciencias que Luis Bossano proclamó hace ya muchos años.

ftinajero@elcomercio.org