Enfoque internacional

Los desafíos de Europa

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Juan Gabriel Tokatlian
La Nación, Argentina, GDA

En la política mundial en general y en las relaciones económicas internacionales en particular, la integración regional es concebida como un fenómeno promisorio y productivo. La integración entre países apunta simultáneamente al desarrollo, a la autonomía y a la identidad. Eso significa que la integración no es apenas una propuesta comercial, sino básicamente un designio estratégico.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la primera década del siglo XXI, el modelo europeo -primero la Comunidad Económica Europea y después la Unión Europea (UE)- fue el ejemplo emblemático de integración que se pensaba debía ser emulado urbi et orbi. Hoy, la UE atraviesa una situación delicada. Por ello es posible pensar -lo que no implica desear- la desintegración.

Sin embargo, resulta fundamental evaluar las condiciones que facilitan su surgimiento, despliegue y profundización.

Primero, es importante reconocer la supervivencia, en múltiples contextos, de la soberanía como categoría política. Juristas y economistas, progresistas o neoliberales, pueden decretar la irrelevancia de la soberanía en el mundo actual, pero tienden a exagerar: hay una gran variedad de “mundos” yuxtapuestos -premoderno, moderno, posmoderno- en espacios geográficos y ámbitos culturales muy diversos, por lo que la soberanía no ha perdido totalmente su razón de ser para amplios grupos humanos y actores políticos en el Sur y el Norte, por igual.

La reciente elección en Grecia y los debates preelectorales en Suecia (marzo), Finlandia (abril), Reino Unido (mayo), Dinamarca (septiembre) y España (diciembre), por ejemplo, reflejan la vigencia política de la soberanía.

Segundo, en momentos de hondas crisis económicas como la presente coyuntura, marcada por la expansión de una inocultable brecha de desigualdad social en las naciones desarrolladas, reaparecen nacionalismos insatisfechos. Los impulsos del cosmopolitismo se frenan y resurgen manifestaciones xenófobas que, a su turno, afectan a la cohesión nacional. Esto se revela con fuerza desde Alemania hasta Francia, pasando por Suiza y Hungría.

Tercero, los excesos de pragmatismo pueden ser contraproducentes.

Cuarto, el repetido incumplimiento de promesas, metas y compromisos erosiona los consensos diseñados y la coordinación de políticas conjuntas.

Y quinto, es imprescindible observar y entender el eventual cambio en los intereses estratégicos de ciertas élites claves. Esto se puede manifestar, por ejemplo, en la tentación de imponer los propios intereses nacionales y grupales por sobre los compartidos y regionales. Para los casos de la UE es esencial precisar si ese cambio se está produciendo en Alemania.

En síntesis, resulta imprescindible un diagnóstico riguroso del estado real de la integración. Antes de precipitarse inadvertidamente hacia la desintegración pareciera ser conveniente que Europa haga un balance de hasta dónde se ha llegado.