25 de August de 2010 00:00

Democracias violentas

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Benjamín Fernández Bogado

Las estadísticas gritan unas democracias desbordadas por el miedo de salir a las calles, hablan en números de secuestros como en Venezuela que alcanzan 17 000 al año con una gran mayoría contra ciudadanos de ingresos bajos a los que el discurso gubernamental les llena de lisonjas todos los días. En Brasil los crímenes superan los 40 000 al año, se matan más en ese país que en la peor época de la guerra de Iraq . México ha superado los 25 000 y nos hemos acostumbrado, lamentablemente, a los crímenes en la frontera con EE.UU. Una cosa es cierta: las democracias han perdido el control de la seguridad interna. Las bandas criminales se han vuelto transnacionales sofisticadas de la muerte que han tomado rehenes: pueblos y gobiernos a cuyos gobernantes no les importa repetir un discurso falaz que olvida proteger el principal valor humano: la vida.

Casi ningún lugar céntrico de nuestra América es visitable o caminable en horarios nocturnos. Pasear por la zona de las torres del Silencio en Caracas es una invitación al robo o al asesinato. Las advertencias son recurrentes en varios países nuestros donde es imperiosa la necesidad de reestructurar las fuerzas de seguridad si no queremos terminar perdiendo la batalla frente a los nostálgicos autoritarios que afirman con convicción que: “ Eso no ocurría durante los tiempos de la dictadura”. Buenos Aires, Río de Janeiro, Sao Paulo, Ciudad de México, Caracas, Bogotá o Quito son hoy ciudades peligrosas donde la marginalidad y la pobreza han buscado justificar el crimen desde una perspectiva reduccionista y falsa. Hay causas estructurales es cierto, pero también existe claramente una colusión del crimen con la ineficacia y complicidad con los gobiernos. No es casualidad que ex policías o militares comanden tropas al servicio de la delincuencia que se ufanan de haber superado en capacidad de fuego y operatividad al mismo Gobierno.

Chávez debe a los venezolanos una explicación convincente en algunas de sus alocuciones donde argumente cómo un “gobierno popular” como el suyo es sin embargo el más débil para combatir el secuestro y la criminalidad. Lo intentó trayendo al equipo del ex alcalde de Nueva York Rudolf Giulliani, pero la cuestión es más compleja que el diagnóstico de expertos. La cosa pasa por una dedicación a la tarea de gobernar en serio sin discursos que se llenan la boca de pueblo mientras en las calles este es secuestrado o baleado. Un Estado mide su eficacia en la protección de la vida de los ciudadanos. ¿De qué sirve recibir una pequeña dádiva mensual si al final la vida no vale nada?

Es tiempo de repensar la seguridad democrática en función de objetivos y compromisos serios y no en un aluvión retórico que no logra salvar a nadie del secuestro o la muerte. La democracia es trabajo y compromiso con la vida.

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