Monseñor Julio Parrilla

Democracias de baja calidad

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La democracia no es precisamente una planta que crezca de forma espontánea. Más bien pienso que se trata de algo antinatural, una especie de elaboración superior de la inteligencia humana y política a fin de contrarrestar la humana tendencia de imponer nuestra voluntad a los demás. Por eso, no se puede improvisar.

No es suficiente con aprender a utilizar un lenguaje democrático… Se necesita algo más: un auténtico ejercicio democrático que requiere formación, usos y costumbres.
Nosotros, lamentablemente, formamos parte de esa gran mayoría de países en los que la democracia es de mala calidad.

Si la calidad fuera buena no serían necesarias tantas constituciones, ni sería necesario cambiar la actual Constitución, cada dos por tres, en función de los intereses del poder… Sería suficiente con dejar que la Carta Magna fluyera de forma pacífica, amparando todo lo que ya sabemos: libertades, derechos ciudadanos, división de poderes, justicia independiente, seguridad jurídica, etc.


Es triste decirlo, pero la mayoría (esa mayoría que sufre en silencio los rigores del poder, quizá por miedo, por rutina o por acomodación) entiende que la democracia consiste en votar cada cuatro años, con la esperanza de que el gobernante entrante ejerza el mesianismo mejor que el anterior.


Mi tía Tálida, que era una monárquica absolutista, superconvencida de que los reyes eran tales por la gracia de Dios, solía decir que las elecciones y el ejercicio del voto eran como apostar en las carreras de caballos. ¿Quién ganará la próxima competición? No es suficiente con que la gane un demócrata. Demócratas tenemos que ser todos. Democrática tiene que ser la sociedad y, sobre todo, la educación.

Cuando esto no ocurre, gobierne quien gobierne, la conversión de terrenos rústicos en urbanos enriquecerá siempre al cuñado del alcalde, sea del partido que sea… Al respecto hay una anécdota muy sabrosa de un político español, Giner de los Ríos, al que alguien le espetó: “Necesitamos un hombre”, y a lo que él respondió: “Lo que necesitamos es un pueblo”.

Tenía toda la razón. Giner sabía que un cambio político auténtico necesita una base, un consenso ciudadano de largo alcance. 
Me pregunto si las reformas educativas en curso están pensadas para promover y garantizar la democracia… O si la formación de alumnos y de maestros no estará fuertemente tocada por el afán de apuntalar la ideología del poder.

Lo que aquí y en todas partes hace falta es enseñar a practicar la libertad de manera responsable, respetando al diferente y buscando el bien común. No está de más recordar que la libertad de uno termina donde empieza la del otro.


Por todo lo dicho, no pongan sus esperanzas políticas en un líder fuerte y mesiánico por honrado que sea. Si la democracia no se asienta en la ciudadanía, en la participación y en la corresponsabilidad, siempre será de mala calidad.