José Ayala Lasso

De la democracia a la tiranía

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Un apreciado colega, que también escribe en EL COMERCIO, nos recordaba, hace no mucho, que el filósofo griego Platón decía que lo malo de las democracias es que “indefectiblemente se convierten en dictaduras”.

Hay varios factores que explicarían esta aparentemente discutible afirmación.

En primer lugar, el poder, por su propia esencia, tiende a crecer, no tiene límites en tal empeño y, con tal fin, procede por etapas. Inicialmente se legitima al nacer de un mandato del pueblo, base sobre la que busca cambiar las instituciones del Estado hasta controlarlas. Aplica las leyes vigentes y las que logra aprobar, no para el beneficio colectivo sino para poner en marcha los mecanismos de permanencia en el poder. Relativiza, entonces, la voz directa del pueblo y apela para ello a sus partidarios enquistados en las nuevas instituciones del Estado.

Bajo el amparo de un sistema ad hoc, el poder se expande y copa todos los ámbitos de la acción pública. Las leyes dejan de ser una expresión de los intereses generales para convertirse en un método para conservar y acrecentar el poder. Se invoca, según convenga, la letra o el espíritu de la ley para dejar de lado la propia Constitución o para reformarla. En consecuencia -y aquí viene la perversión interpretativa- se margina o se viola la ley “siempre que eso convenga al pueblo”. ¿Y quién decide sobre las conveniencias populares? Obviamente, el poder. Así, pasa a ser bueno lo que diga el líder. Su voluntad es la ley.

El segundo factor que interviene en esta maléfica evolución de la realidad democrática hasta dar origen a las tiranías está constituido por quienes colaboran con el poder. Inicialmente atraídas por los programas de acción política exhibidos para asegurar el anhelado cambio, personas honestas prestan su concurso a quien proclama tales principios. Los primeros errores del líder las sorprenden pero, fieles a sus principios, los excusan, callan y hasta defienden presentándolos como aciertos que no todos pueden comprender.

Pero cuando el líder, cada vez más fuerte, comete errores de mayor bulto, sus seguidores se ven progresivamente más comprometidos y perciben que su apoyo a los “errores iniciales” es una carga pesada. Empiezan a dudar, pero concluyen que distanciarse del implacable poder les dejaría en el desamparo. Se les van cerrando los caminos de salida y, aún con dudas, siguen apoyando al poder, ya no por coincidencia de principios sino por conveniencia personal. Se han convertido en obsecuentes servidores y cómplices. Han unido su vida a la del líder y durarán lo que este dure. Aceptan sumisos al tirano y se enorgullecen.

Platón tenía razón. La democracia se ha convertido en tiranía, pero no “indefectiblemente” porque el pueblo despierta al fin y abre los ojos a una realidad que no quiere ni debe aceptar...