Farith Simon

Democracia ruidosa

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“En un sistema democrático abierto en el que la gente discute, se pone de acuerdo o discrepa, hay mucho ruido. El sonido de la tiranía es el silencio[…]. Necesitamos una sociedad donde la gente… sea capaz de discutir cuestiones políticas… sería una sociedad muy ruidosa, pero ese ruido es una señal de salud. Lo que muchas veces la gente considera como problemas no lo son realmente, son las muestras de que la sociedad está pensando… Si no hay discusión, el ruido desaparecerá y, si desaparece, también lo hará la salud de la sociedad”.

Esta, una de las mejores descripciones del significado de una sociedad democrática que no se limita a elecciones periódicas, monólogos de autoalabanza y mayorías parlamentarias silenciosas; la leí hace pocos días en una entrevista al filósofo inglés A.C. Crayling, quien explicaba la importancia de la enseñanza de las Humanidades, la necesidad de que todas personas estemos informadas, sepamos de libros, de historia, de la política, y que con ese conocimiento podamos debatir y participar en la vida política.

Conocer nos aleja de las tentaciones autoritarias, nos permite identificar las amenazas que vienen de la mano de quien desde el poder se arroga el hablar en nombre de toda la sociedad, tratando de desplazar la diversidad de perspectivas con una sola interpretación del mundo, cuando se quiere imponer una sola vía y se busca silenciar a los que piensan distinto.

Crayling describe una democracia deliberativa, por la que abogaba Nino, y que ahora ha sido recuperada por muchos constitucionalistas preocupados por el rumbo autoritario que ha tomado el llamado “nuevo constitucionalismo latinoamericano” (una pomposa etiqueta para referirse a los procesos de reforma en Venezuela, Bolivia y Ecuador).

En una democracia verdadera priman los principios de autonomía, inviolabilidad y dignidad de la persona por encima de concepciones totalitarias con su triada de perfeccionismo (la idea de que el Estado puede imponernos una forma de vida que su máxima autoridad considera ideal), el holismo (la creencia que existen formas de pensamiento que dan respuesta a todo) y el determinismo normativo (el uso de la ley para imponer esa forma de entender el mundo).

Tenemos evidencia suficiente para sostener que nos quieren imponer el silencio, únicamente esto puede explicar la detención y condena de 21 personas en el contexto de unas manifestaciones para expresar el desacuerdo con decisiones políticas; que Francisco Sampedro sea procesado por tráfico de armas de fuego, químicas o nucleares, cuando fue detenido por la Policía en las protestas contra las enmiendas por pasear con un muñeco que representaba un borrego; que a la revista Vistazo se le imponga una portada; que se revierta la frecuencia de Democracia A.M.; o que el Presidente amenace con disolver una Asamblea, aún no elegida, si llega a ganar la oposición.

No hay duda, al poder de turno le molesta la democracia ruidosa, se siente mucho más cómodo con un silencio en el que puede imponer su palabra.