Fabián Corral

Democracia, ¿oligarquía por representación?

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1 de December de 2011 00:01

La democracia es el gobierno del pueblo. En él radica el poder y él debe autogobernarse. La soberanía es atributo de los ciudadanos. Esa es la teoría, en lo sustancial.

1.- Imposibilidad de la democracia directa. Pero la democracia directa es imposible. El asambleísmo permanente y el sistema plebiscitario son inoperantes, ya que supondría que en todos los temas y en forma constante, sea el pueblo quien directamente decida. En las sociedades de masas, las limitaciones operativas de tal sistema se convierten en dificultades sustanciales: no es posible tener al pueblo constantemente reunido debatiendo y votando. Además, el pueblo no sabe o sabe muy poco. Ante semejantes limitaciones, surgió la idea de la democracia representativa.

2.- Democracia representativa. Democracia representativa es aquella en la que el pueblo elige a mandatarios o representantes para que éstos, investidos de un poder delegado, indirecto y condicional y revocable, (i) decidan sobre el sistema normativo que regirá la comunidad, es la tarea del Congreso o Asamblea; y, (ii) para que un delegado de la ciudadanía gobierne, es la tarea del presidente en un régimen presidencial.

3.- Límites y problemas de la democracia representativa. La representación política tiene problemas y limitaciones sustanciales: se reduce a un encargo nominal, formal y ciertamente teórico, porque los representantes se eligen en función de la imagen personal y de un discurso puramente electoral. No hay propuestas concretas sobre las que se vote, o ellas cambian una vez elegido el poder delegado, o lo que es más frecuente, el ‘criterio’ en función del cual se elige consiste en una tesis abierta, en emotividad difusa, en una ilusión tan subjetiva, que en ella cabe todo.

Un problema complejo del sistema de representación es la “lealtad” de los elegidos frente al criterio de la mayoría de los electores, lealtad que es posible solo cuando el mandatario o legislador electo fue extraordinariamente preciso en su propuesta, lo cual es raro en una democracia dominada por los sondeos, que indican lo que se debe decir o hacer para ganar en la coyuntura, no para gobernar después. Además, esa lealtad es imposible si las elecciones tienen sustento únicamente en percepciones difusas de la población. Pero, en uno y otro caso, la falta de concreción o la emotividad de los populismos permite que el margen de interpretación de los mandatarios o legisladores respecto del sentido y del contenido de la voluntad popular, sea tan amplio que el mandato que reciben será vacío o puramente emotivo.

La vaciedad y la emotividad en el origen de un mandato nos enfrenta a otro hecho complejo: ¿hasta dónde opera la legitimidad del mandato político vacío o puramente afectivo, frente a los asuntos concretos de gobierno o legislatura? ¿Admite tal legitimidad que el mandatario, desde el poder, y ya sin ataduras frente al pueblo, sea quien “descodifique” o interprete a su arbitrio lo que él considera como el encargo político? En esa descodificación entrará mucha subjetividad del mandatario, mucho sondeo, bastante ideología, que usualmente no se explica, porque es evidente que la gente vota por imágenes, retórica y propaganda.

Se trata de un problema esencial de los límites de la representación y de la interpretación de los contenidos de la voluntad del pueblo. Se trata de responder a la siguiente pregunta: ¿es legítimo que el gobierno o sus diputados interpreten en forma discrecional el mandato laxo o vacío que recibieron, y que lo hagan en función de los intereses del poder ya constituido, o en beneficio de una ideología por la cual la gente, en realidad, no votó?

4.- La hipotética democracia participativa. El lenguaje político abunda ahora en aquello de la “democracia participativa”, entendida como el sistema en el cual el pueblo estaría participando directamente en la toma de decisiones políticas. De algún modo, el “asambleísmo”, o la “democracia plebiscitaria” están en la línea de esa presunta democracia participativa. Pero, vistas las cosas desde la realidad, se concluye que la ‘participación’ desemboca inevitablemente en un sistema de ‘representación’ cerrada. La participación no elimina la delegación del ejercicio del poder. El más acentuado asambleísmo o la vocación plebiscitaria no eliminan, en modo alguno, el mandato político propio de la democracia representativa. La democracia es inevitablemente representativa.

Ya sea que la ‘participación’ consista en asambleas populares, ya en presión directa y tumultuaria en base de la movilización, ya en la incidencia de los sondeos, el hecho es que las decisiones finalmente las toman quienes ostentan el mandato político e interpretan el sentido y los contenidos de la “voluntad popular”.

5.- El concepto de democracia real. En las sociedades de masas, la “democracia real” es un sistema en que: (i) el poder originario está en la mayoría de los electores, no en todo el pueblo; (ii) el poder “constituido” proviene de una mayoría de votantes que suplanta y sustituye al originario, y se ejerce, paradójicamente, por una minoría de personas: los diputados o asambleístas nominados, (iii) quienes conforman una “mayoría” parlamentaria que se dedica a interpretar, según la ideología o proyecto del grupo parlamentario dominante, lo que exclusivamente ellos entienden por voluntad popular; y (iv) que expresan esa interpretación subjetiva del mandato en actos de poder, en sistemas normativos o en medidas administrativas.

6.- La democracia, ¿oligarquía por representación? La democracia real es algo bastante más modesto que aquello del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Es el gobierno de una minoría dominante, delegada por una mayoría circunstancial, voluble y desinformada, minoría que ejerce el poder según sus propias visiones, conceptos o intereses. La pregunta final es ¿en qué difiere de la oligarquía la democracia representativa, si en la sociedad de masas lo que existe como agente del poder es una “oligarquía por representación”, que se atribuye la potestad de interpretar las ideas, esperanzas y sentimientos de la población?

Por muy igualitario que sea el discurso político, la verdad es que las oligarquías son inevitables. “La política, por más democrática que sea acabará siempre en manos de un grupo de personas: los clubes, los diputados, los ministros. No se puede evitar. La oligarquía es inevitable”. José Antonio Marina, (en ‘Los sueños de la razón’).