9 de May de 2010 00:00

Democracia electoral

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Diego Pérez Ordóñez

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Creo que la coyuntura política obliga a reflexionar sobre dos temas que están conectados de forma inseparable. El primero es si las elecciones son el único y primordial factor de la democracia. El segundo es si las elecciones pueden ser fuente del poder ilimitado.

Si las elecciones fueran el único factor determinante para la vida en democracia, Ecuador sería uno de los países más democráticos del mundo. Y, como todos sabemos, no lo es precisamente. En otras palabras: no todo país donde haya elecciones periódicas, más o menos libres, moderadamente legítimas, es un país democrático por antonomasia. Si bien las elecciones son uno de los ingredientes más importantes en un país democrático no pueden ser, por definición, el único de los factores. En su reciente obra ‘The Spirit of Democracy’ (El Espíritu de la Democracia) el reconocido investigador Larry Diamond argumenta que la democracia es, más bien, una apropiada mezcla de factores entre los que, por supuesto, cuentan las elecciones libres. Para Diamond la democracia es una especie de fórmula –un coctel- en el que deben coexistir, en la práctica, principios como la adecuada valoración y respeto por la opinión ajena, la efectividad del derecho a la disidencia y al pensamiento crítico (alejados de la ideología oficial y gubernamental), la competencia entre partidos políticos sólidos y diferenciables y la presencia práctica de un sistema judicial que resuelva de modo objetivo los conflictos que se presentan en la sociedad. Si bien la teoría de Diamond de que la democracia es exportable, como si fuera una especie de franquicia propiedad de los países occidentales, resulta muy debatible, lo que queda claro es que la democracia va mucho más allá de ir a votar los aburridos y rutinarios domingos.

Como consecuencia de lo anterior, las elecciones no son ni pueden ser fuente de poder absoluto. Las reglas de la democracia mandan todo lo contrario, de hecho: los dignatarios electos popularmente deben rendirle cuentas a la ciudadanía y no viceversa. Los poderosos son servidores de los ciudadanos y no los ciudadanos vasallos del poder. No se puede argumentar que ganar elecciones es la fuente del poder absoluto. Ni se puede sostener que ganar elecciones –directa o indirectamente- equivale a una licencia para concentrar todo el poder y convertir, como consecuencia lógica, a las instituciones republicanas en instituciones nominales, de papel mojado. Si no entendemos esto seguiremos felizmente turulatos por la política del espectáculo y de la tarima (que es la política de siempre), anestesiados por la propaganda y plenamente satisfechos con los subsidios-limosna.

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