León Roldós

A desnudar al poder

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Y no se trata de solo al gobierno del presidente Correa. En democracia, todo espacio de poder debe desnudarse, ser transparente. El secretismo y la reserva no son prácticas que fortalezcan la democracia, sino evidencias de poder autoritario.
Por excepción, habrá temas de secreto o reserva, pero estos deben ser limitados por la temporalidad.

En Montecristi, 2007-2008, me opuse a la eliminación del sano principio de décadas, de que a la contratación pública, debía precederle el pronunciamiento previo de la Contraloría y de la Procuraduría, para la legalidad contractual. La tacha era: ¿y cuántas pillerías se pasaron en anteriores gobiernos?, pero también podía responderse ¿y cuántas se pararon a tiempo?, ¿y en cuántas, el sólo hecho de que se conocieron, permitía a otros acceder a la información?. Se impuso la eliminación.

Un asambleísta del Gobierno me dijo: “Permitir que salga información es permitir escandalizar”. Yo le contesté “más grave es el escándalo cuando se evidencia tardíamente que se actuó mal, porque la información oportuna permite corregir, cuando se actúa de buena fe, en cambio el secretismo incentiva la corrupción, porque los actores se sienten encubiertos y protegidos”.

En las reformas constitucionales que se quiere pasar como enmienda, también le quitan a la Contraloría la posibilidad de la auditoría de gestión –como la que se está iniciando para los derroches en el caso Yachay, entre estos, los de busca de “cazatalentos”. De pasar la reforma, la Contraloría solo sería tribunal de cuentas, solo algo más de arqueo de caja y revisión de números, para ver si cuadran.

En los regímenes anteriores al 2007, cualquier legislador podía pedir la información que quiera y debía serle proporcionada.

En el tiempo actual, prima lo secreto o reservado, lo cual lleva a que sean proclives lo ilícito y las irregularidades encubiertas. Desde el poder se reta a actores de la vida civil –y no necesariamente a solo los políticos- a que prueben cosas o tachas sobre lo que se oculta y encubre información. ¿Cómo?, si no hay transparencia.

Un defecto gobernante, es proteger a los suyos, y no necesariamente con la intención de encubrir ilícitos, sino como defensa frente a los cuestionadores del poder. El caso más evidente –aun cuando no el único- fue el de Pedro Delgado y los múltiples ilícitos que luego se le establecieron.

Brasil y los escándalos del entorno del poder –Partido de los Trabajadores- evidencia que el secretismo nunca hará un poder virtuoso, sino siempre más corrupto que otros.

¿ Será posible que en los temas del Estado se desnuden los negocios, sus costos y condiciones? De no hacérselo, prevalecerá el tufo de corrupción y cualquier fraseología se percibirá entre la propaganda y el cuento.

lroldos@elcomercio.org