9 de September de 2012 00:59

El fin del conflicto

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Con el sobrio discurso del presidente Juan Manuel Santos y el vehemente de ‘Timochenko’, jefe de las FARC (cuestión de estilos e investiduras), se ha puesto en marcha el proceso de entendimiento en busca del fin del conflicto armado. Ciertamente, no se podía ni se debía desaprovechar la oportunidad de franquearle el camino a la paz, democrática, justa y duradera, después de tantos años de sangrienta confrontación bélica.

Con profunda esperanza, ilusión y reflexivo realismo hay que acompañar, desde fuera, el empeño de este objeto supremo, dentro del marco del Estado Social de Derecho y de las leyes que facilitan la reconciliación. A diferencia del fracasado experimento del Caguán, no se va a ceder ni un centímetro del territorio patrio, ni las autoridades constitucionales suspenderán el ejercicio de sus atribuciones en supuestas zonas de distensión, hoy imposibles.

Se trata de proscribir el uso de la violencia para conseguir objetivos a los que la legalidad democrática les abre amplias oportunidades.

Dos riesgos se observan: el del narcotráfico, que ha nutrido financieramente a las guerrillas o se ha valido de su protección, y el de las conversaciones de paz en medio de las hostilidades, sin cese del fuego. Desmontar las estructuras de apoyo o de intermediación de aquel va a resultar especialmente complicado. Y, en cuanto a ausencia de cese del fuego, va a ser menester templar los nervios ante eventuales explosiones y confiar en que la prevención y la perspectiva de respuesta militar disuadan aventuras criminales. Como lo anotaba el ex presidente Eduardo Santos en 1952, es preciso investigar la gravísima y vergonzosa enfermedad de la violencia colombiana. Siendo “absurdo querer eliminar la tenebrosa anomalía con más violencia y pensar que matar es la única manera de curar un mal atroz, de resolver una situación tan inquietante y compleja”. Lo escribía con la autoridad de quien detestaba y combatía sin tregua la violencia.Visionariamente escribió : “Cuando, para daño de todos, vinieron los días trágicos de la violencia, seguimos El Tiempo y yo una línea de conducta diáfana, nítida, categórica en contra de la tiranía, en defensa de nuestros copartidarios y de la causa de la libertad y la democracia... Pero en ninguna ocasión aconsejé ni seguí caminos de violencia. Ni lo hizo El Tiempo”.

Ni él ni ningún funcionario osó desvirtuar la falta de fundamento de la infame calumnia.

Poco después, como presidente de la República encargado, Urdaneta sería responsable y panegirista de los actos vandálicos que, con participación de la policía, arrasaron las instalaciones de El Tiempo y El Espectador, así como las casas de los jefes liberales Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, hoy hace exactamente 60 años. Amargo aniversario digno de recordar.

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