12 de October de 2013 00:03

Del amor y otros demonios

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Hoy ya son muchos menos los que preguntan quién es Alfred Hayes, y muchos más los que preguntan cuándo aparecerá el próximo libro de Alfred Hayes. Como pasó hace algunos años con el húngaro Sándor Márai, en muy poco tiempo sus novelas han construido una apreciable comunidad de lectores, mucho más apreciable si tenemos en cuenta que Hayes murió en 1985 y sus libros no tenían, hasta hace tres años, traducciones al castellano. Todo comenzó con la aparición, en 2010, de esa pequeña obra maestra que se llama 'Los enamorados', a la que siguió en 2012 'Que el mundo me conozca'. Desde entonces este escritor inglés (británico de origen pero tan neoyorquino como el Río Hudson) ha logrado llegar a los lectores argentinos en impecables traducciones a cargo de Martín Schifino. Ahora se edita 'Mi perdición', su anteúltima novela, que Hayes escribió en 1968, y la buena noticia es que aquella pregunta del comienzo volverá a ser formulada otra vez: quedan todavía dos novelas inéditas suyas, y un libro de relatos.

¿Qué es lo que hace a los libros de Hayes tan singulares? No se lo puede atribuir todo a la ambientación de sus historias, que suelen estar fijadas, como tantas otras, en Nueva York o en Los Ángeles. Tampoco al contexto histórico, atrapado entre la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Vietnam (Hayes combatió, como Hemingway, Salinger y otros escritores americanos, en la Segunda Guerra). Ni a los personajes, hombres que atraviesan una crisis de mediana edad encandilados por chicas a las que les llevan años, cuando no décadas. Tampoco podría decirse que es porque el lector salga del libro reconfortado: sus novelas son melancólicas y crepusculares, el amor nunca salva a nadie, y el sexo, más que satisfactorio, suele ser escabroso. Ni siquiera puede pensarse en cierta empatía o identificación con los protagonistas: uno nunca sabe si ponerse del lado del varón que sufre, con sus manías, su machismo y su aplastamiento moral, o del de las mujeres, irresistibles pero engañosas, ingenuas y dulces, inteligentes pero siempre abismales.

Quizá lo que haga que uno espere los libros de Hayes con ansiedad y los lea en una tarde es que contienen muchos de los elementos de las novelas de género (la aparente sencillez del policial, por ejemplo) sin llegar a serlo nunca. Hayes escribe algo así como novelas de amor negras: no hay un detective pero sí un personaje masculino, por lo general recio y conservador, que debe elucidar un dilema existencial. No hay rubias o pelirrojas de pelo abundante y piernas largas, que engañan a su esposo mafioso con ese detective, pero sí hay mujeres fatales que llevarán a la perdición a un hombre que dejó atrás su juventud. No hay cadáveres, pero no podría decirse que no haya fatalidad: siempre, en las novelas de Hayes, hay algún tipo de muerte. Por lo general es metafísica. Bueno, Hayes jamás podría haber ganado el Nobel.

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