Enrique Ayala Mora

¿Dejar Carondelet?

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El Palacio Nacional o Casa de Gobierno de Quito también se llama “Palacio de Carondelet”, por el Presidente de la Real Audiencia que lo construyó a fines del siglo XVIII, en el sitio que había ocupado ese organismo por más de doscientos años, desde las primeras décadas de vida de la ciudad.

El palacio y el sitio en que se levanta frente a la “Plaza Mayor” de la capital han sido, por cuatro siglos y medio, referentes de la ciudad y el país. Ahora es un ícono de la urbe y un símbolo de nuestro país. Sobre todo desde que en los años cuarenta del siglo pasado comenzó la preocupación por preservar el casco histórico quiteño, el palacio ha sido objeto de varias restauraciones, hasta la última que culminó en 1996.

El palacio ha sido testigo privilegiado de nuestra historia. Cuando se fundó el Ecuador en 1830, allí funcionaban los máximos organismos de los poderes del Estado: Presidencia de la República, Congreso Nacional y Corte Suprema. Esta última se trasladó en pocos años a una casa cercana, que ahora es parte del Municipio, pero la Legislatura funcionó allí hasta 1960 en que se inauguró su propio palacio que, por cierto, ha tenido un destino arquitectónico desastroso. Desde el mencionado año, en el palacio quedó adaptada la residencia presidencial, y allí han vivido casi todos los presidentes.

Por años, el palacio fue poco accesible, pero ahora puede ser visitado regularmente no solo por turistas, sino por delegaciones estudiantiles y por ciudadanos interesados en conocer su interior, lleno de imágenes e historias de nuestra historia. Es mérito de este Gobierno haberlo abierto a la gente y haber adaptado una exposición en sus corredores.

Cuidar y mejorar el palacio ha sido pieza central de la recuperación del Centro Histórico de Quito que, ya parcialmente restaurado, es un símbolo del que se han apropiado no solo los quiteños sino todos los ecuatorianos. El centro no es un museo o un mausoleo vacío de ocupantes cotidianos. Es un lugar vivo, con gente que lo ocupa y lo muestra con orgullo. Hasta se logró que se adapte allí una casa para que viva el Alcalde de la ciudad.

El Presidente de la República ha resuelto trasladar la sede de la presidencia al sur, junto a uno de los grandes cuarteles de Quito. La razón que se da es comodidad y mayor cercanía al pueblo capitalino, que vive en las inmediaciones. Pero el Presidente debe darse cuenta de que tal decisión, en realidad, ofendería al pueblo quiteño, que valora el Centro Histórico y sus edificaciones paradigmáticas.

El palacio no puede abandonarse, dejándolo como museo, sin despreciar su valor histórico y testimonial. Abandonar Carondelet no es un gesto popular o revolucionario. Al revés, es un acto de renuncia a asumir la relación histórica con el pueblo y a una vocación republicana que vive entre sus muros.

eayala@elcomercio.org