Carlos Montaner

La decadencia norteamericana

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Estados Unidos está en franca decadencia. Al menos es la percepción que desea proyectar Russia Today (RT), voz del Kremlin en Occidente por Internet. ¿Es verdad? Todas las potencias hegemónicas algún día dejaron de serlo. Francia, con un siglo XVIII espléndido, o España y Turquía, que reinaron en el XVI y el XVII, son hoy sombras del ayer.

El Reino Unido, el poder planetario del siglo XIX, se encoge década tras década, y es posible que hasta pierda Escocia.
¿Cómo juzgar la fortaleza de una sociedad, incluido el Estado segregado por ella? A mi juicio, la grandeza o insignificancia de las sociedades depende de las percepciones, creencias, valores y actitudes de sus integrantes. En Estados Unidos, según las encuestas y observación más obvia, los demócratas, republicanos y libertarios respaldan libre y voluntariamente las opciones fundamentales de la democracia liberal.

Las propuestas extremistas o colectivistas a la derecha o la izquierda de este espectro político no alcanzan respaldo popular. Casi nadie teme un futuro abrupto en Estados Unidos, porque hay leyes y cambios normados, no revoluciones. Ese carácter predecible y estable de las instituciones ha conseguido el desarrollo del país a un ritmo modesto promedio anual del 2%, desde que George Washington fuera elegido primer presidente en 1789.

Con crisis, burbujas y contramarchas, la nación fue creciendo hasta que a fines del siglo XIX ya era la primera economía del planeta. Cincuenta años después, en 1945, era la primera potencia económica, seguida por la URSS en el terreno militar.

Si el censo de 1790 arrojó 4 millones de habitantes en las 13 excolonias británicas, en el 2015 suman 320 millones. Nada menos que 15 generaciones consecutivas han visto cuotas crecientes de libertad, trabajo, acumulación de capital e inversiones protegidas por las leyes, todo arraigado en la cosmovisión británica, y en un buen sistema judicial, dando lugar a un proceso constante de creación de riqueza, a trechos obstaculizado por crisis que siempre se superan.

El dato clave es que la sociedad multiplicó su heterogénea población por 80 con un mínimo de sobresaltos, salvo la sangrienta Guerra Civil de 1861 a 1865. Durante ese período, Estados Unidos no solo dio un enorme salto demográfico: construyó las mejores universidades, las fuerzas armadas más poderosas, los más avanzados centros de investigación científico-técnica y el tejido empresarial más desarrollado del mundo.

¿Hasta cuándo durará esa hegemonía? Vuelvo al inicio de estos papeles: mientras las personas crean en el sistema, encuentren espacio para desplegar sus sueños, obtengan incentivos morales y perciban una recompensa razonable por sus esfuerzos y desvelos, EE.UU. continuará su marcha triunfal.

Si en algún momento se descarrila ese proceso y “la gente” deja de valorar positivamente el sistema en el que viven, porque ya no lo encuentran adecuado, y tratan de sustituirlo por otro violentamente, comenzará entonces la decadencia. Los seres humanos no son lo que comen, sino lo que creen.