Abelardo Pachano

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12 de April de 2013 00:03

La economía mundial produjo 75 trillones de dólares el año pasado, de los cuales 45 corresponden a las economías maduras y 27 a las emergentes. El saldo pertenece a las más atrasadas. En otras palabras, la mayoría de los países a los cuales antes se les conocía como subdesarrollados y se les miraba por encima del hombro pues su representatividad en el mundo no llegaba al 18% (1984), ahora tienen un peso que determina el curso de muchas actividades del planeta en virtud del enorme esfuerzo realizado para poner en orden sus sociedades y colocar a las economías con una estructura tan atractiva que les ha llevado a disponer de un dinamismo sostenido, cuyo resultado es la duplicación de su peso específico dentro de la colectividad mundial (36%) en 30 años de trabajo. Como grupo han superado a la Comunidad Europea .

Es más, mantienen un ritmo de crecimiento -a pesar de su declinación de los últimos dos años- casi cuatro veces superior al de las economías que se les creía consolidadas pero atraviesan por un largo ciclo de crisis, del cual saldrán a costa de una pérdida de bienestar.

De estos 27 trillones de los emergentes, el Ecuador contribuyó con 86 billones (miles de millones), cifra que para la mayoría de los nacionales luce enorme pero que mirada en el contexto global significa tan sólo el 3 por mil de lo que producen estos países, número por demás elocuente sobre el tamaño relativo de la economía nacional. Ahí está de cuerpo entero la dimensión real del país en el conjunto de las economías que buscan solventar los problemas de pobreza e inequidad, a la vez que intentan reengancharse con los líderes del conocimiento.

Y esta mirada al desmenuzarla por regiones abre una nueva perspectiva: Los emergentes del Asia, conocidos antes como los tigres, a los cuales se unen China e India han demostrado ser capaces de mantener un ritmo de crecimiento superior al doble del causado por América Latina e incluso del triple en algunos períodos, por lo cual acumulan una ventaja que puede ser decidora de muchas políticas internacionales del mundo de fines de siglo.

El orbe ha cambiado, qué duda cabe. Las oportunidades están marcadas por esta increíble dinámica que se incubó a fines del siglo pasado cuando algunos países comprendieron los bemoles del nuevo proceso de desarrollo, los introdujeron en sus políticas, las mantienen mientras continúan monitoreando los resultados, realizan ajustes y afinan sus objetivos. Aprendieron de las crisis, copiaron modelos, aceptaron recetas, las acomodaron sin cambiar la esencia de ellas y ahora están a portas de incorporarse al grupo de los privilegiados de la prosperidad. Y la mayoría lo hace en un ambiente de seguridad y confianza.