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El mundo árabe tiene características únicas, que lo determinan y diferencian, su identidad se puede representar en algunos lugares comunes para todos los que lo conforman. La Meca como centro principal religioso y geográfico, su idioma, la afiliación muy estrecha con los ritos religiosos y culturales que se practican de forma rigurosa, su compromiso con el Corán, que en muchos casos ha llevado a un fanatismo salvaje y en otros a un comportamiento ejemplar y de mucho amor, y otros valores relevantes como su hospitalidad y generosidad.

Si podríamos seccionar a este territorio particular, tendríamos por el oriente a la antigua Persia, en donde se ha refugiado el mayor extremismo religioso y terrorista, en el centro un referente adorado por todos y la expresión más monopólica y monárquica que se pueda encontrar, cobijada por una riqueza desproporcionada proveniente del oro negro, que representa desarrollo, codicia y preocupación por su desaparición. La zona del mediterráneo, hoy fuente de conflicto, pero que en otra hora representó la ciencia más avanzada, el comercio internacional, un centro de intercambio, prosperidad, occidentalización y un modernismo liberal que se fue apagando conforme la religión iba ganando terreno. Y por el occidente, donde se oculta el sol, los países del Magreb con características propias que reflejan su historia romana, su colonización europea y su vecindad con el inmenso desierto que les colinda. Variedad infinita dentro de un solo pueblo y que a la vez los individualiza entre ellos.

En este territorio tan vasto existe algo maravilloso y delicioso que si se lo ve como tal, sería simplemente un fruto proveniente de la palmera datilera, pero en realidad representa un acompañante silencioso permanente.

El dátil presente en estas tierras desde siempre, alimento diario, salvación del aventurero y explorador del desierto, incluso de los que lo recorrieron por años hasta encontrar la tierra prometida, es y será un símbolo de esta región que supone el inicio de la humanidad y que hoy es noticia frecuente.

Si Carrera Andrade lo describiría, con humildad y respeto de mi parte, diría:
“Salvador permanente del caminante infinito/ Calendario ancestral de innumerables jornadas /Deleite de pocos que muchos desean /Dulce único que al mundo engalana”.

Del valle del Swan, hoy cuna de la mujer, hasta Tánger, está presente este manjar ancestral que si nos lo permitirían los adoradores de la media luna, sería el primer invitado como símbolo de este mundo fascinante, milenario y variado, símbolo de paz y tranquilidad que promueve otros rumbos y nuevos vientos para un mejor vivir.

Un pueblo que debe mudar a otros conceptos, que debe cambiar sus referentes para conciliar la paz entre ellos y sus vecinos, un mejor mundo que muchos deseamos tener.