Juan Valdano

Cusco: piedra y memoria

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24 de January de 2013 00:01

Hace unos días he estado en el Cusco. Mis pasos han fatigado sus calles estrechas y tortuosas, abrumadas de frío y llovizna; he visitado sus museos, iglesias y monasterios. Me he entrado en sus casas viejas con olor a decadencia y virreinato y en las que aún duermen gastados vestigios de esplendores imperiales. He visto, no sin admiración y cierto pesar, las nobles piedras del Coricancha, templo mayor del incario que yace humillado bajo el peso de advenedizos arcos de medio punto del santuario dominicano que el conquistador, en gesto de dominio, los erigió sobre él. Me he aventurado por senderos inverosímiles de abismo y pedernal, peldaños de canto tosco que me llevaron a los ciclópeos muros de Sacsayhuamán, a las terrazas agrícolas de Pisac, a los monolitos rosados de Ollantaytambo, a las neblinosas alturas de Machu Picchu. Cada civilización trae su propia visión del espacio y del tiempo; modela una arquitectura que se nutre de su espíritu; lleva una forma que le es propia, una cosmovisión que informa un estilo de ser y concebir esa relación del ser humano con su entorno, lo que determina el ritmo de la vida, las labores y sus días. No hay cambio de arquitectura sin cambio de civilización.

Y he imaginado al Inca entrando por altas puertas trapezoidales que dan acceso a sus palacios de piedra, al rey transportado en vistosas andas que sobre sus hombros cargan decenas de servidores: a Pachacútec el demiurgo del imperio; a Túpac Yupanqui el conquistador y cuyo palacio de pulido granito es hoy un banco inglés, lo que, en buena semántica, quiere decir que el colonialismo de los tiempos de Pizarro aún está vivo; a Huayna Cápac que apreció más el aire soleado del Quitu que el álgido de su patria; a Huáscar, el desdichado.

En cada sitio he palpado la perseverancia de la cultura inca, su paciencia, tesón y terquedad; la única gran civilización que ha florecido en Sudamérica y cuya voluntad de pervivencia se materializa en la piedra, su elemento, su signo y su destino. A cada provocación del entorno, el inca dio respuestas originales. Solo así logró superar las duras condiciones que los Andes imponen a la vida humana.

Al igual que el cóndor que hace su nido en la más alta cresta de la cordillera, el inca hizo del risco su casa y mirador.

Incapaz de sobrevivir en la selva o el desierto, dominó su medio: la montaña, la roca, el frío, la soledad, la altura. Nación rica en reservas morales y dotada de férrea voluntad de dominio, avasalló los pueblos de la gran cordillera y que, con el tiempo, hicieron del quichua su lengua y de lo inca su estilo de vida.

Más acá del tiempo y más allá del silencio, entre la piedra y el cielo, entre la serpiente y el cóndor, Cusco espera ensimismada el retorno de antiguas grandezas, sabe que el futuro se recuerda y el pasado se lo inventa, espera a Pachacútec, el renovador eterno.