Gonzalo Maldonado

Curso de filosofía

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16 de December de 2012 00:01

La ética y la moral ayudan a las personas a decidir qué desear y cómo y hacia dónde conducir su voluntad: ¿es mi obligación hacerme rico? Si es que así fuera, ¿puedo romper cualquier límite para conseguir ese objetivo? Quiero a esa mujer como a nadie más en el mundo. Pero está casada. ¿Debo conquistarla o tengo, más bien, que intentar olvidarla?

Si varias personas se hicieran aquellas preguntas, no todas llegarían a las mismas respuestas. Por eso es que ni la ética ni la moral pueden imponerse. (Es imposible obligar a una persona a adoptar tal o cual valor o antivalor).

En efecto, nadie puede forzar a alguien a pensar o a vivir de una forma determinada. Cada uno de nosotros escoge, en su fuero interno, qué desear y cómo conducir su voluntad para conseguir aquello que desea. (Esto es incluso válido para los que viven encarcelados o bajo un régimen dictatorial).

Si esto es así, ¿por qué los ideólogos de este régimen insisten en imponernos una forma de pensar y de vivir? Pues porque son ideólogos y no filósofos. Porque no aman la sabiduría ni la razón, sino sólo los axiomas y las reglas fijas. El ideólogo es como un elefante enloquecido en la tienda de cristalería de las ideas. (Le gustan tanto sus convicciones que destroza todo y le parece evidente que deba imponerlas a los demás).

Lo realmente perverso de esto es que el ideólogo no cree que la autonomía moral de las personas. Negarnos autonomía moral es como decir que somos demasiado estúpidos para que se nos conceda el lujo de razonar y que, por tanto, necesitamos de alguien más para que ‘nos dé pensando’, como decimos por acá.

De lo que conozco, este prejuicio tiene una raíz cristiana: San Agustín fue el primero que insistió en que los hombres no podíamos encontrar, por nosotros mismos, el camino del bien, sino que necesitábamos de alguien más; de Dios, obviamente. (Las religiones y las ideologías se parecen demasiado).

Siglos antes, Platón había dicho lo contrario: que nosotros, los individuos, síéramos capaces de encontrar el bien y que, incluso, escogiendo el camino errado nos daríamos cuenta de aquello, por los resultados funestos que nos traería aquella decisión. (Platón fue el primero que expuso los fundamentos de nuestra autonomía moral, es decir, de la posibilidad que tenemos los hombres de encontrar nuestro propio destino).

A muchos, aquello del ‘buen vivir’ les podrá parecer inofensivo y hasta folcórico; otro recurso de la inagotable demagogia política. Pero esto no es así.

En manos de gente inescrupulosa y con poder político, ese discurso puede ser el recurso perfecto para esconder –tras un lenguaje obscuro y contradictorio– su ignorancia supina y liberar esa fuerza telúrica que habita su entrañas: el rencor.