Óscar Vela Descalzo

Curiosa muerte

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“Casi a nadie sorprendió –a mí menos, la verdad sea dicha- que el viejo profesor apareciera muerto de esa manera. Era más o menos previsible que las cosas tomaran ese rumbo.

Había algo en el ambiente de la ciudad, un convencimiento generalizado, uno de esos rumores que se propagan en segundos. Era de suponerse –se evidenciaba en las miradas de quienes contemplaban el cuerpo del profesor, en la foto del diario El Meteorito- que sus juegos terminasen por llevarlo al más allá de manera atroz...”Así da inicio a su nueva novela, ‘La curiosa muerte de María del Río’, (Alfaguara, 2016), el escritor cuencano Juan Pablo Castro Rodas (1971). Así atrapa al lector el narrador de esta historia, al mejor estilo de los grandes exponentes del género negro: Simenon, Chandler, Black, Ellroy, entre muchos autores que han dedicado sus vidas y sus obras al culto del crimen y al arte de matar.

‘La curiosa muerte de María del Río’ obtuvo el Premio de Novela corta Miguel Donoso Pareja, que se convocó en el marco de la Feria Internacional del libro de Guayaquil en el año 2015, según el acta del jurado: “…por su lograda organicidad, por su capacidad de intriga sustentada a través de un lenguaje funcionalmente literario y por la configuración de un sólido protagonista”.

A partir de la primera escena, descarnada y enigmática, el narrador anónimo describe con todo detalle el descubrimiento del cuerpo de la víctima, las múltiples y espantosas heridas que le ha provocado el arma homicida, una daga con empuñadura roja que el asesino le ha incrustado en el vientre, y las singulares características de este crimen que conducirá al teniente Veintimilla, protagonista principal de la novela, a involucrarse en el mundo subterráneo de un viejo profesor universitario que, a vista y paciencia de la conservadora sociedad cuencana, ha estado viviendo una doble vida.

La historia entra entonces en un ritmo frenético y pegajoso que transita entre bares frecuentados por homosexuales, discotecas, hospitales psiquiátricos y algunos muladares en los que el viejo profesor habría dejado huellas. La carga irónica de la narración, impronta particular de la literatura de Castro Rodas, se ensaña con las sociedades andinas, en especial la cuencana y la quiteña, y recrea en el texto aquel modo de vida taimado, curuchupa y convencional que caracteriza a las dos ciudades.

El autor de esta deliciosa novela hace gala de una prosa ágil y bien pulida que no se queda en el puro relato sino que profundiza y reflexiona en la condición de los personajes, todos ellos bien definidos tanto en su aspecto físico como en su carácter y comportamientos perfectamente entonados con el ambiente que rodea al misterioso crimen.

A propósito de los múltiples pliegues de la novela, dice el narrador en un pasaje: “La vida del profesor parecía haber transcurrido entre la anodina esfera del mundo académico, a vista de todos, y, paralelamente, en una enturbiada zona de penumbra.”

ovela@elcomercio.org