Rodrigo Borja

'Cumbremanía'

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Fue Winston Churchill quien en 1950 acuñó la frase “parley at the summit” (discusión en la cumbre). A partir de ese momento empezó a difundirse en Europa esa expresión para designar las reuniones bilaterales o multilaterales de jefes de Estado y jefes de gobierno. Pero fue el diplomático y escritor uruguayo Adolfo Castells quien inventó el ingenioso término “cumbremanía” para describir la tendencia a abusar de las reuniones cimeras que hoy impera en el mundo.

Ellas han proliferado y culminan siempre con pomposas y generales declaraciones que se las lleva el viento. Hasta el extremo de que el gobierno de Estados Unidos pidió a mediados de 1995 una “moratoria” de esas cumbres, ya por el alto costo que demandan, ya porque su misma utilidad está en entredicho.

En el mundo de la videopolítica contemporánea las reuniones cimeras se han convertido en tribunas de exhibición de las cualidades retóricas de los gobernantes, aunque algunos de ellos deben su lucimiento a los célebres “teleprompters”, en cuyas pantallas invisibles para el público, aparentando improvisar, leen como suyos los discursos preparados y escritos por sus bien remunerados equipos de asesores.

Y ocurre con frecuencia, entonces, que gobernantes intelectualmente limitados -pero diestros en la lectura del teleprompter- proyectan una gran imagen de sabiduría e inteligencia a través de las ondas de la televisión nacional e internacional.

Como escribí alguna vez, ese mágico aparatito electrónico torna inteligentes a los políticos tontos, cultos a los impreparados y elocuentes a quienes tienen problemas de expresión.

Utilizando este sistema, quienquiera podría dar una conferencia sobre energía atómica simulando improvisar lo que le escribieron los expertos en la materia.

Pero hay que reconocer que, por excepción, ha habido algunas cumbres que sí han rendido frutos, como aquella que juntó en Moscú a Bill Clinton y Boris Yeltsin, en enero de 1994, en la que acordaron que los misiles nucleares de ambos países dejaran de apuntarse mutuamente. O la que acaba de reunirse en París en diciembre pasado con la asistencia de gobernantes o representantes de 195 países, que por primera vez en la historia juntó a todos los Estados en torno a una causa común: la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero para impedir el catastrófico calentamiento del planeta y los terribles desórdenes del clima.

Todos esperamos que las decisiones que allí se tomaron no se las lleve el viento y que los gobernantes, haciendo honor a su palabra, apliquen medidas concretas y eficaces para evitar el uso y abuso de los combustibles fósiles, la deforestación, la destrucción de los bosques y la contaminación de los mares y de los ríos.

Deben asumir conciencia de que los cambios climáticos del planeta son la mayor amenaza para el futuro de la humanidad.