Marco Antonio Rodríguez

Cuevas, el iluminado

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José Luis Cuevas (México, 1934-2017) llevó a cuestas una criatura tumultuosa y desgarrada, a veces risueña y traviesa, otras grave y áspera, pero cada día más grande, más grande, al punto de que no sé cómo pudo lidiar con ella. Nada ni nadie antes de él, nada ni nadie después de él. Fue su fátum: el de aquellos seres humanos que llevan el estigma del genio.

Finalizaban los treinta del siglo XX y aún circulaban efluvios de la Revolución mexicana cuando nació Cuevas en los altos de la casa donde funcionaba una fábrica de papel. En uno de sus libros, se narró a sí mismo como un niño que halaba sus dibujos primigenios como si fueran cometas terrestres. Dándose modos para conseguir la mayor cantidad de papel posible, a fin de que le sirvan de soporte a sus trazos, manchas y líneas al carbón.

Mantuve con Cuevas una amistad intemporal. Recibí de él pruebas indelebles de afecto. Cuando mi libro Historia de un intruso cumplió 30 años de vida trabajó una edición conmemorativa con obra suya y algunos de mis libros llevan comentarios saturados de su genio, pero, sobre todo, de su afecto.

El oficio de fagocitador se develó siempre en la personalidad de Cuevas. Devorarlo todo, incluso a él mismo, para luego trasladarlo a su obra: dibujo, pintura, escultura, escritura… ¿Por qué la religión fue una de las obsesiones de Cuevas? Porque ella encarna la historia de la humanidad. Y cuando el artista se crucifica, lo hace sin la más leve intención de inmolarse, menos de ufanarse, ni de provocar, lo hace por un acto brotado de su más recóndito yo, que es quien le dicta sus realizaciones.

Cuevas no flageló el lado ominoso de la condición humana, la mostró tal cual es: saña y mueca, crujido y gracia, avaricia y ruindad; sensaciones, pulsaciones, voliciones, es decir, el caos que llevamos dentro, sin que le falte una sola partícula. Se trata de una humanidad que se consume a paso vertiginoso, quemando etapas con fanatismo: el inmensurable tema de la obra de Cuevas. Y uno de sus grandes amores. Y uno de sus grandes olvidos.

Cuevas es Cuevas. ¿Para qué darnos vuelcos? Inmedible escenario para peleles detrás del cual se agazapa una contorsión de escarnio sobre el género humano, el universo creacional de Cuevas está poblado por la historia de la humanidad. Testimonio sacro y sacrílego de lo que estamos hechos. Revelación de nuestro desamparo. Desierto que abrasa y purifica.

Alguna vez dijo que en dos días y sus noches había dibujado 100 autorretratos. Cuevas fue un poseso y de él no importa si es verdadero o falso el relatorio que cubre cualquier obra suya. Lo que seguirá importando es su fisgoneo en los más remotos intersticios del ser y del no ser, en el insondable, esquivo, corazón humano, eludiendo la explicitación o el anecdotismo, y accediendo cada vez con mayor firmeza a la intemporalidad: mostrar a la humanidad que es él mismo, en el siglo más tormentoso de lo que va de su historia.