Sergio Dahbar

Cuentos chinos

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25 de junio de 2014 19:19

Hoy en día uno puede compartir un ascensor en Caracas con nueve ciudadanos chinos. Es uno de los cambios que se han producido en las corrientes de inmigración a partir de la decisión de China de convertirse en primera potencia económica mundial. Venezuela no podía quedarse fuera del periscopio de los negocios orientales.

Pero entre todos los chinos que podrían venir a Venezuela, hay uno que jamás tomará esa decisión. Se llama Liao Yiwu y tiene 55 años. Vive en Berlín y, como dicen algunos campesinos, no pisará tierra venezolana por ahora, porque quien se quema con leche le tiene miedo a la vaca. Y Yiwu se quemó con el comunismo chino.

Yiwu nació en Sichuan en 1958, cuando en su país inconmensurable el Partido Comunista decidió dar el Gran Salto Adelante. Esta campaña de medidas económicas, sociales y políticas, que quiso ser admirable, buscaba salir de la economía agraria tradicional y encaminarse hacia una rápida industrialización.

Como casi todas las ideas geniales de los comunistas, este proceso que vislumbró la genialidad de Mao Zedong y que en la teoría parecía ser una salvación para el pueblo produjo la gran hambruna china que mató entre 18 millones y 32 millones de personas.

Mao quería superar a EE.UU. y atrapar al Reino Unido con esta genial decisión de poner a los campesinos de toda la vida a producir acero en el patio. Como no conocían el arte de la fundición, ni tenían tecnología adecuada, la catástrofe fue, como todo en China, de dimensiones brutales. Ese fue el signo que recibió a Yiwu en la tierra. En ese terror creció en sus primeros años y después se abandonó el Gran Salto Adelante para desembocar en la Revolución Cultural. Su padre fue señalado de contrarrevolucionario. Ese delito era juzgado por los jóvenes radicales de la Guardia Roja, que podían decretar el ostracismo, las humillaciones o la muerte. Con esa impronta creció Yiwu y se transformó en un rebelde.

Sus poemas “La ciudad amarilla” e “Ídolo” ratificaron su condición de paria en una sociedad imposible que criminaliza toda crítica ideológica y política. En 1989 un poema suyo, “Masacre”, avizoró el desenlace trágico de la plaza Tiananmen. No pudo imprimirse, pero Yiwu lo grabó en casetes y lo distribuyó de manera espontánea. Fue condenado a cuatro años de cárcel, y sometido a torturas y reclusión.

Esa experiencia fue tan dura que la recordó dolorosamente en la Feria del Libro de Guadalajara, invitado por la editorial Sexto Piso para presentar la traducción de su libro ‘El paseante de cadáveres’, extraordinaria e insólita colección de entrevistas del submundo chino que no conoce los beneficios de la globalización actual china.

Así habló de su reclusión y tortura, piensa que los años de Mao han regresado a China. Para él significan el regreso del horror que vivieron sus padres y él conoció en carne propia. Jamás se montará en un ascensor caraqueño.

El Nacional, Venezuela, GDA