Miguel Rivadeneira

El cuento del cambio

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4 de June de 2012 00:02

Aunque resulte redundante, se torna primordial repetir que en una sociedad si no existe primero el cambio personal no habrá cambio institucional y eso depende de todos. El resto es solo material y bastante propaganda oficial. Igualmente, si no mejora la calidad del sistema educativo un país no avanza y se seguirá desinformado y sometido al poder de turno. Valiosas experiencias exhiben países pequeños (Singapur y Finlandia) que lograron este objetivo y hoy están insertados en el primer mundo, con los mejores estándares de calidad de vida, transparencia, desarrollo humano.

No se puede negar hoy los avances en obra pública. Mayor inversión en educación y salud, aunque la calidad en la gestión sigue deficiente. Sustancial mayor acceso a los hospitales públicos. Crecieron y mejoraron las aulas, la adquisición de equipos, el desarrollo y mejoramiento de las vías, que estuvieron en malas condiciones. Empero de este reconocimiento, una sociedad no avanza si no hay respeto al ser humano, cambio de conducta de los actores y observancia de las leyes de todos.

Qué se saca con buenas carreteras si diariamente se tiñen de sangre por la irresponsabilidad de conductores de transporte público y particulares, no todos por cierto, y en lugar de ser drásticos con la aplicación de la ley y exigirles primero que sean responsables se adopta una decisión político electoral de entregarles un subsidio. Cómo es posible que a vista y paciencia de autoridades uno de cada tres conductores, especialmente particulares, conduzca con el celular en la mano y pegado a la oreja. Eso espeluzna porque resulta un peligro en las vías y nadie se da por aludido. Al contrario, son los primeros bravos a pesar que infringen la ley. No termina la viveza criolla de generar caos y ponerse en dos o tres columnas cuando la señal de tránsito es de una.

En Quito sigue la disputa entre los choferes de buses, que corren por las vías sin sanciones en medio de la preocupación de los usuarios y las promesas de control incumplidas. Existen GPS para controlar sus recorridos pero de qué sirven si no funcionan. Fijaron paradas pero los propios usuarios se encargan de incumplir, con la anuencia de conductores y la lenidad de las autoridades.

Ha crecido la inversión en salud, la compra de equipos e infraestructura, pero parte del personal (no todos, felizmente) no cambia la conducta, no sonríe ni sirve con calidez y prestancia y actúa como si le harían un favor al paciente cuando ganan un salario del Estado. Hoy existen defensores públicos para quienes se encuentran presos, muchos de ellos que cometieron actos delincuenciales, pero el afectado por un robo o asesinato está abandonado y con miedo y por ello a veces resigna la demanda, que debiera mantener el Estado como dispone la Constitución garantista. ¿Eso es justo?