Óscar Vela Descalzo

Cruces rosadas

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La franciscana sociedad quiteña se alarmó por el aparecimiento de algunas vallas publicitarias en las que se lee en grandes caracteres, dos veces, la palabra puta. La verdad es que el mensaje que contienen las referidas vallas no es afortunado, está mal escrito y resulta incomprensible si no se conocen los antecedentes de la campaña, pero también es cierto que en las sociedades machistas, que siempre son mojigatas, el problema es de pura fachada.Este tipo de sociedades se escandaliza con facilidad cuando alguien se atreve a mencionar a viva voz esos términos que a ellos les resultan impronunciables fuera de sus reinos o de sus colchones, y es peor aún cuando sienten que alguien afecta la pureza del aire de su burbuja particular en la que no se dicen ciertas cosas, aunque en ocasiones se las practique con vehemencia y a escondidas.

Asumo que los creadores de las mentadas vallas estaban conscientes de la barahúnda que iban a armar exponiendo en las calles de la inmaculada capital una palabrota de tal calibre. Si es así, los felicito sinceramente porque consiguieron su objetivo. Sin embargo, me temo que no se imaginaron que el alboroto puritano se iba a prolongar durante tanto tiempo concentrado solamente en la cuestión visual sin que la discusión llegue nunca al problema real de la violencia contra la mujer.

Según una encuesta realizada en 2011 por el INEC, seis de cada 10 mujeres en Ecuador han sido víctimas de violencia en algún momento de su vida. En el año 2013 la Fiscalía recibió más de 960 denuncias de violaciones a niñas menores de 14 años. Los casos de muertes violentas y desapariciones de mujeres y niñas crecen de forma alarmante.

Las cifras son espeluznantes pero seguimos viviendo en una sociedad anquilosada en la época en que la mujer debía obediencia al hombre y estaba solamente para perpetuar la especie y cumplir todos los caprichos del amo.

A la luz de los últimos acontecimientos resulta evidente que para la beata sociedad quiteña el problema de la violencia de género carece de importancia, pues la discusión se centró en la palabrota que ha afeado la Carita de Dios y, por consiguiente, lo que se debe defender con fervor es justamente la limpieza de la cara sin importar que el alma siga siendo tan puerca. Y, por cierto, también se exige el retiro de las cruces rosadas porque a algún despistado le resultó ofensivo el uso de este símbolo para una campaña de “defensa de la prostitución”. Entretanto, mientras se discute lo epidérmico, en la ciudad profunda un morboso se acerca peligrosamente a una niña que viste falda, y un degenerado intenta violar a otra joven que camina sola, y un macho cabrío le asesta un golpe a “su mujer” porque llegó borracho a casa, y una puta está siendo humillada porque no tuvo más opciones en la vida, o porque la forzaron a ser puta, o simplemente porque le gustó serlo y creyó, en su inocencia, que algún día la sociedad la vería con otros ojos.