Graciela Melgarejo

¿Crisis y oportunidades?

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La nueva edición del Diccionario de la Academia fue presentada oficialmente en Buenos Aires el jueves, pero no hay felicidad que dure para siempre. De qué nos ha valido a los medios acumular alegremente cifras y novedades sobre la 23ª edición?, por ejemplo, decir “una monumental obra que incluye 93 111 entradas entre las que se cuentan nuevas incorporaciones como escaneo, dron, tuitear, chatear, bótox y pilates”?, si apenas días después, el propio director de la RAE, José Manuel Blecua, ya estaba anunciando la dramática situación financiera de la entidad.

A la excelente crónica del corresponsal de La Nación en España, Martín Rodríguez Yebra, “El futuro de los diccionarios: entre la crisis y la esperanza”, con esa categórica afirmación de Juan Luis Cebrián, presidente del Grupo Prisa, de que “estamos ante un cambio de paradigma. No se puede transformar, hay que crear y pensar digitalmente”, habría que agregar lo que ocurre todos los días en el terreno del buen uso, o no, del español, que corrobora la percepción académica y la de muchos hispanohablantes.

Una querida amiga envía un correo electrónico cuyo asunto es: “¡Me niego!”. ¿A qué? A recibir -escribe- un mail con este título: ¡”Últimas bacantes!” Por supuesto, no se trataba de las bacantes, las mujeres que participaban de las bacanales, las fiestas en honor al dios Baco, sino de las vacantes, es decir, en el sentido de la segunda acepción de ese adjetivo: “Dicho de un cargo, un empleo o una dignidad, que está sin proveer”. Termina así su correo electrónico la amiga: “Espero que ahora no me digan que la RAE aceptó bacantes por vacantes...”.

¡Otra vez los homófonos!, pensarán algunos. Esos obstinados que a diario asaltan el español demuestran la necesidad de acudir a nuevas estrategias tecnológicas y educativas para reconocerlos; como se destaca en la nota de Rodríguez Yebra: “Fotos, videos, sonidos que reflejen la pronunciación, mapas, infografías, relaciones de palabras”. Algo de eso ya lo intentó la RAE en el tomo Fonética y fonología (2011), acompañado de un DVD, Las voces del español. Tiempo y espacio, con “muestras de las entonaciones de todo el ámbito hispánico”.

Los contrastes entre la teoría académica y la realidad de los hablantes no son exclusivos del español. Por ejemplo, la escritora francesa Lydie Salvayre, descendiente de republicanos españoles exiliados en Francia, ha ganado el Goncourt, el premio más prestigioso de su país, con una novela sobre la Guerra Civil Española, escrita en frañol, “una lengua mixta” entre el francés y el español.

Pues aquí, en la ciudad de Buenos Aires, ya nos habíamos adelantado a ese fenómeno. Escribe la lectora María Nerín (con cierta desesperanza) un mail, el 3/11: “La palabra francesa prénom lleva la tilde en la e. Pero en la publicidad de Le prénom, la obra teatral en cartelera, la tilde está en la o: prenóm, lo que tampoco se correspondería con las reglas de nuestro idioma. Telefoneé al teatro y me respondieron que no sabían nada”. ¿Será un ejemplo de frañol que se adelantó a la publicación de la novela Pas plereur de Lydie Salvayre?

La Nación, GDA, Argentina