Fernando Tinajero

No lo puedo creer

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4 de September de 2014 00:00

¿Se puede creer que haya alguien que conciba una ley en cuyas disposiciones se suprima de hecho la más importante institución de cultura que tiene el Ecuador y se establezca en su lugar una “Agencia de Regulación y Control de la Cultura”? Yo, al menos, no lo puedo creer. Y no lo puedo creer por la simple razón de que concebir algo semejante es lo mismo que imaginar una agencia de regulación y control del ritmo respiratorio o de la circulación de la sangre.

La comparación no es gratuita: la cultura es precisamente la atmósfera que hace posible la vida social, la savia que irriga todo el complejo sistema de relaciones que los seres humanos establecemos con la naturaleza que nos sostiene y con todos nuestros semejantes.

Algo imposible, en otros términos; algo que solo parece evocar la torva memoria del doctor Goebels.Y sin embargo, es cierto: está allí, lo veo escrito. Se encuentra en un proyecto de cierto Código de Cultura que al parecer se halla en discusión en las más altas esferas del ministerio del ramo. Provienen de una consultoría, y quizá eso me permita entender un poco más.

En todo gobierno, y mucho más en aquellos que son fuertes, prospera una suerte de hongo que se extiende lentamente por todos los rincones compitiendo por alcanzar más y más espacios. Está formado por minúsculos individuos que deben cumplir dos requisitos: tener una ambición sin límites y estar dispuestos a abandonar la posición erecta que caracteriza al Homo Sapiens. Su único objetivo es halagar al superior, cualquiera que sea el título que ostente. Eso es lo que llaman “hacer méritos”. Y por hacerlos suelen a veces ir muy lejos, incluso más allá de las intenciones del superior.

Ocurre así que no faltan situaciones en las cuales toda su diligencia termina siendo contraria a las intenciones que se proponían favorecer. Por eso la sabiduría que nace de la experiencia aconseja a los gobernantes tener mucho cuidado de sus más obsecuentes servidores, pues en cada uno de ellos se esconde un enemigo más peligroso que el más declarado opositor.

Al fin y al cabo, esta última obra honestamente, a la luz del día, sin esconder sus intenciones, mientras el otro se agita en la sombra, en el silencio, y pretende refugiarse en el anonimato.
Algo así debe estar pasando en torno a la elaboración de una ley (o código, si es que reúne varias materias conexas) que debió haberse dictado ya hace tiempo y se ha ido aplazando, quizá porque se creyó que la cultura es una cuestión accesoria, sin importancia ni urgencia, un lujo, un adorno.

Si así se pensó, tal pensamiento estuvo equivocado: los legisladores y quienes tienen a su cargo la difícil tarea de preparar el proyecto correspondiente, deben poner mucho empeño en su labor, sabiendo que es en el seno de la cultura, y no en otra parte, donde debe nacer la nueva conciencia ciudadana. Esa que hasta hoy, y durante setenta años, ha sido cultivada en la Casa fundada por Carrión bajo el lema de Cultura y Libertad.