Antonio Rodríguez Vicéns

Sobre creadores y censores…

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Vladimir Nabokov, el célebre autor de ‘Lolita’, en una breve introducción a su ‘Curso de literatura rusa’, dictado en la Universidad de Cornell, expresaba que a los estadounidenses, acostumbrados a escribir y leer libros y a expresar libremente sus opiniones personales, les parecerá inverosímil la existencia de un país, la Rusia soviética, “donde desde hace un cuarto de siglo la literatura no tiene otra función que la de ilustrar los anuncios de una empresa de tráfico de esclavos”. Los invitaba a imaginar esas dolorosas y limitantes condiciones. “Una vez que las hayan imaginado apreciarán, con otra pureza y otro orgullo, el valor de los libros de verdad, escritos por hombres libres para que hombres libres los lean”.

En ‘Escritores, censores y lectores rusos’, una conferencia leída en la misma Universidad el 10 de abril de 1958, acusaba a Lenin, que en el campo de las artes era “un filisteo, un burgués’, por haber establecido “las bases de una literatura primitiva, regional, política, sometida a un control policíaco, absolutamente conservadora y convencional”. La aceptación por parte de los escritores de la censura y de reglas estrictas impuestas por el estado, su feliz acuerdo con el poder, produjeron, según Nabokov, el ‘realismo socialista’ y la literatura soviética, grávida de tópicos y vulgaridades, “convencionalmente burguesa en su estilo e irremediablemente monótona en su interpretación sumisa de tal o cual idea gubernamental”.

Nabokov reaccionaba ante esa actitud de entrega con ironía y desprecio. “Es difícil abstenerse de ese respiro que es la ironía, de ese lujo que es el desprecio, cuando se pasa la vista por la ruina a la que unas manos sumisas, tentáculos obedientes guiados por el abotargado pulpo del Estado, han conseguido reducir cosa tan fiera, tan caprichosa y libre como es la literatura”. Afirmaba que atesorando su repugnancia había logrado conservar vivo en su interior el espíritu de la verdadera literatura rusa. La literatura debe ser una expresión de libertad. En consecuencia, defendía sin claudicaciones el derecho a crear y criticar. “Después del derecho a crear, es el derecho a criticar el don más valioso que la libertad de pensamiento y de expresión puede ofrecer”.

Los gobiernos autoritarios, que pretenden adocenar las mentes y uniformar la vida y la conducta de los ciudadanos, no aceptan lo diferente. Lo distinto. No pueden “tolerar la existencia de la búsqueda personal, del coraje creador, de lo nuevo, lo original, lo difícil, lo extraño”. Nabokov proclamaba -más aún, se exigía y asumía- una actitud de rebeldía e insumisión. Declaraba que luchaba por otra “libertad más profunda, por otros derechos mejores”, y llamaba a los creadores, a los artistas, a seguir tranquilos su propia senda, a “no doblegar ni la testuz, ni el proyecto interior, ni la conciencia, a cambio de lo que parece poder y no es sino librea de lacayo…”

arodriguez@elcomercio.org