Lolo Echeverría Echeverría

Aunque usted no lo crea

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Un caricaturista norteamericano, Robert Ripley, buscaba convencer al editor de un diario que publicara sus dibujos.

Logró fascinar a su editor y al público cuando empezó a relatar hechos insólitos, ilustrados con dibujos bajo el título: Aunque Ud. No lo crea. Se hizo tan famoso que actualmente existen más de 30 museos que exhiben sus historias. Los políticos han sido, con frecuencia, protagonistas de esas historias sorprendentes, positivas o negativas, y todavía siguen contribuyendo a la historia de lo inverosímil.

De la vida política de nuestros días podríamos recoger muchas historias para enviarle al señor Ripley como solían hacerlo sus contemporáneos. Aunque parezca difícil de creer, le diríamos, es cierto el caso de un caudillo latinoamericano que dilapidó la riqueza de los mejores años de un pequeño país, dejó una deuda voluminosa, empobreció a muchos y enriqueció a pocos y luego, desde fuera del país, pretendía seguir gobernando.

También es cierta la historia del funcionario que despachaba en una oficina controlando que haya corrección en el manejo de los dineros públicos mientras en otra oficina recibía a los contratistas corruptos que iban a entregarle dinero, según confesión de ellos, para lograr que tapara las incorrecciones y los sobreprecios. Más sorprendente todavía, que ese mismo funcionario fuera reelegido para el cargo, con las máximas calificaciones, por “representantes” del pueblo que continúan, impávidos, en sus puestos.

Si viviera Ripley, le enviaríamos la historia del dignatario al que señalaban todos los dedos porque hubo sobreprecios y robos en todos los proyectos de los que era responsable; porque un empresario corrupto aseguraba, en conversación grabada con el Contralor, haberle entregado millones de dólares; porque su tío había recibido 18 millones de dólares en su nombre; porque gastó más de mil millones de dólares para nivelar un campo en donde solo él veía una refinería. Y era él quien acusaba de traiciones y corrupción institucionalizada y se declaraba víctima de persecución.

Ripley se hubiera encantado con la historia de un gobierno que se declara partidario del diálogo y la libertad de expresión, enemigo de la corrupción y la manipulación de la justicia, mientras su canciller defiende al tirano de Venezuela y su Constituyente fraudulenta, se aparta de los países que piden respeto a la democracia y se suma a las mentiras de los descalificados por los países civilizados del mundo.

Si Ripley viviera, lo que nosotros vivimos alimentaría su colección de historias increíbles.

Nadie podría creer que los mismos que han saqueado el país, ahora tilden de ladrones a los que quieren cambiar las cosas; que se insulten entre ellos de ladrones, traidores, mediocres y al día siguiente se propongan comisiones para buscar la unidad y la reconciliación.

Aunque usted no lo crea.

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