Benjamín Fernández

Cosas mínimas

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12 de June de 2013 00:02

Los que creen que los gobiernos pueden hacer los grandes cambios están equivocados no solo porque la tarea es imposible sino porque quienes esperan eso en realidad lo que ambicionan de manera personal es que el Gobierno haga que las cosas mínimas funcionen. Lo que determina el éxito o el fracaso en la gestión de los gobernantes es responder a las demandas de funcionalidad de una sociedad que con el paso del tiempo se acostumbra a que las pequeñas cosas anden de verdad. Esta introducción viene a cuento de la grave crisis que presupone para un Gobierno como el de Venezuela que su población pague 4 veces por el papel higiénico que en cualquier otra ciudad de América Latina y, aun peor cuando esa misma sociedad comienza a interpelarse como es posible que un país inundado de ingresos por los buenos precios del petróleo, acumule una cuantiosa deuda externa y una extraordinaria ineficacia y corrupción en la gestión de gobierno. Los pueblos dicen anhelar las grandes transformaciones cuando en realidad estarían muy contentos con que las cosas rutinarias funcionen como debieran y, si es con algo más de eficacia sería fantástico.

Un presidente colombiano había ambicionado para su país llevar adelante "la revolución de las pequeñas cosas" como signo distintivo de su gobierno. Estaría contento con esas cosas que tanto irritan a la gente cuando no funcionan, marcharan sobre rieles y se conformara a partir de ellas que el gobierno está trabajando para su mandante. En Uruguay el distribuir los documentos de identidad en los supermercados o despensas cercanas al titular de los mismos, proyectó sobre el gobierno una marca de eficacia a la que no estaban acostumbrados. Como estos, hay miles de cuestiones que el ciudadano acorralado por los pomposos y rimbombantes discursos anhela por sobre todas las cosas y, que cuando debe preocuparse por ausencia de papel higiénico pegue el grito al cielo y comience a cuestionar al gobierno revolucionario que prometía el paraíso pero que sin embargo es incapaz de responder a una demanda tan pequeña pero al mismo tiempo: tan irritante.

El notable crecimiento de los números macros de la economía latinoamericana demandará más temprano que tarde coherencia entre la declamada prosperidad y la calidad de vida. En ese momento se verá en realidad cuánto de lo proclamado en el discurso se compadeció con la acción que beneficia de verdad a los ciudadanos. ¿Cómo podría el Gobierno de Venezuela justificar ante sus conciudadanos haber administrado el mayor y más largo período de bonanza económica con una escasez lamentable de elementos básicos de una canasta familiar? Difícil de responder desde un gobierno como el actual pero absolutamente entendible desde una mirada externa que mide las cosas por sus consecuencias, sus efectos y no por declaraciones o las mímicas del poder ocasional.