Fernando Tinajero

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Ha llegado a mis manos una hoja impresa que corresponde a una lámina de alguna presentación en Power Point que, sin duda, fue usada por algún funcionario en los procesos de la llamada “socialización” (en castellano se dice difusión) de la Ley de Cultura cuya próxima aprobación ha sido ya oficialmente anunciada. La página que he llegado a conocer se refiere a la Casa de la Cultura: en su costado izquierdo presenta el esquema de su organización actual, y en el derecho aparece la organización propuesta por la Ley.

Debo decir, ante todo, que una lámina aislada de su conjunto no me permite emitir una opinión definitiva, y menos todavía ningún juicio de valor. Me llama la atención, sin embargo, que en la organización propuesta no se menciona a la Casa de la Cultura Ecuatoriana, sino a 24 “casas de la cultura”, una por cada provincia, incluyendo la de Pichincha. Esto implica, como es obvio, que la Casa madre, la que fue inicialmente fundada en 1944 y de la cual nacieron los núcleos provinciales, desaparecería como tal. Esta Casa matriz (porque es madre) pasaría a ser, como todos los núcleos, una “casa provincial”, sujeta a la coordinación de las Direcciones Zonales del Ministerio de Cultura.

No puedo creer que un ministro inteligente y poseedor de una excelente formación académica haya tenido el propósito de borrar subrepticiamente a una institución, esta sí, “emblemática”, para usar una palabra predilecta en el lenguaje oficial. Emblemática, porque ha sido un emblema de la gestión cultural libre y crítica; emblemática, porque es ella la que dio prestigio al Ecuador en los países de América. Emblemática, porque ha sido identificada como el hogar de intelectuales, artistas y más personas de cultura.

Quiero creer, por lo tanto, que se trata de un error. No cabe en la sana razón decir que cada “casa provincial” será autónoma, porque sería lo mismo que considerar autónomas a todas las provincias o a todas las sucursales de una entidad bancaria. Así como el Ecuador es uno, aunque está todo él vivo y entero en cada provincia, en cada cantón, en cada parroquia y caserío, así la Casa de la Cultura es y tiene que seguir siendo una, sin perjuicio de incluirse en el Sistema Nacional de Cultura, cuya cohesión debe estar dada por las políticas públicas que emanen del Ministerio del ramo.

Es verdad que desde hace más de 30 años la Casa ha sufrido un lento deterioro, en parte porque debe competir con otras instituciones, incluso privadas, que cumplen las tareas que antes fueron exclusivas de la Casa por no haber otras entidades, y en parte porque ha habido grupos que quisieron adueñarse de ella y convertirla en un botín. Pero esa realidad, que es innegable, no se resuelve con suprimir una institución potencialmente fructífera: lo que requiere es una reorganización profunda, no solo en su nivel organizativo, sino en la definición de la función que le corresponde cumplir en el Ecuador de hoy.
Hay que trabajar en ese sentido y construir el futuro en lugar de destruirlo.

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