Marco Arauz

Correa y el enredo de las herencias

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marauz@elcomercio.org

Allá por el 2003 Lucio Gutiérrez no sabía por dónde empezar su gobierno, pero él y sus allegados tuvieron algunas conversaciones con funcionarios estadounidenses. Dado su vacío conceptual, pronto se convencieron de que no había nada mejor que volverse socios de Estados Unidos y se entregaron con entusiasmo a la tarea de entrar en las ‘ligas mayores’.

Desde hace unas semanas se empezó a escuchar con insistencia la decisión presidencial de gravar las herencias y la plusvalía, al calor de las teorías sobre la redistribución de la riqueza que Thomas Piketty expone en su monumental obra ‘El capital en el siglo XXI’. ¿Las ideas del francés vinieron a llenar un vacío conceptual y a eso se debe el entusiasmo?

Creámosle al oficialismo por un momento que las medidas -que se convirtieron rápidamente en proyectos y ya están en la Asamblea- obedecen no a la calentura causada por un libro sino a la forma en que los revolucionarios del siglo XXI ven a la economía y, por ende, a una fórmula para reducir las desigualdades. ¿Por qué entonces echar las cartas recién ahora?
El momento actual es complejo e incluso los empresarios, que hicieron buenos negocios durante la larga etapa de la revolución del consumo, se sienten amenazados por la situación económica interna, a consecuencia de la caída del precio del petróleo y de la apreciación del dólar. Las expectativas de crecimiento son modestas y la inflación se acumula.

Más aún, se afirma que la reducción de la inequidad se verá en el largo plazo y que no hay afán recaudatorio tras las medidas: los resultados pueden ser mínimos frente a los posibles estragos. Ya se ha dicho bastante sobre los recursos que invierten otras sociedades para tratar de eludir medidas confiscatorias, ya sea a través de la ilegalidad o la simple desinversión.

Por si todo lo anterior fuera poco para entender las motivaciones de la decisión, es llamativo que el Presidente haya lanzado una medida en firme sin sondearla antes. Basta recordar cómo ha eludido medidas racionales como la eliminación del subsidio a la gasolina y al gas en los niveles medios y altos de la población, para no comprometer su capital político.

Los sondeos post mórtem al parecer no son halagadores. Pero la discusión ya ha tomado el rumbo de las sin salidas en las cuales suele meterse el país. La medida se suma a la serie de pequeños o grandes motivos de inconformidad cuyo efecto empezó a verse en las elecciones seccionales del año pasado. Correa tampoco ignora que la causa es una envidiable bandera de lucha para resucitar a la oposición.

La pregunta del millón es, entonces, ¿por qué esta batalla? ¿Error de cálculo propio del cansancio de un poder concentrado? ¿Deseo de suicidarse políticamente, porque las cosas cada vez se parecen menos a su voluntad? Es difícil ver todo el tablero y toda la jugada, pero quizás simplemente no hay estrategia. Cómo él mismo dice: ¡hagan sus apuestas!